martes, 11 de febrero de 2014

La batalla de las ideas


Javier Paz García
John Maynard Keynes, un renombrado economista, dijo que “las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto si son acertadas o erróneas, son más poderosas de lo que se cree. De hecho, el mundo no está gobernado por mucho más. Hombres prácticos, que creen que estar exentos de cualquier influencia intelectual generalmente son esclavos de algún economista muerto”. Las ideas importan y que un gobierno pueda, por dar un ejemplo, conseguir apoyo público para privatizar empresas públicas o confiscar empresas privadas dependerá de las ideas predominantes en la sociedad.
Por ello, Mario Vargas Llosa en su visita a Santa Cruz nos ha recordado la importancia de dar la batalla de las ideas. Hoy el liberalismo es explicado por propagandistas que no saben nada de liberalismo y que desconfían de la libertad. Ellos han sido reducido un  riquísimo pensamiento liberal a meras caricaturas infantiles como la del obeso, explotador y desalmado capitalista o eslóganes vacíos como el de “capitalismo salvaje”. Incluso muchos, más por ignorancia que por maldad, limitan el liberalismo solamente a una doctrina económica. El concepto equivocado de lo que es el liberalismo sumado a una tradición colectivista, estatista y caudillista hacen que en Latinoamérica esta doctrina no tenga muchos adeptos.
La validez de una idea no depende de lo que piense la mayoría. El mundo no deja de ser redondo, incluso si la mayoría lo cree plano. Y el rol de los intelectuales no es apoyar lo que crea la mayoría, sino mantener un espíritu crítico y buscar la verdad. Y si mediante la lectura, el estudio y la reflexión el intelectual llega a formar ciertas ideas, pues tiene que explicarlas y debatirlas, procurando el respeto y la tolerancia. Como nos lo advierte Karl Popper, las ideas pueden estar equivocadas y por ello es también importante que uno esté dispuesto a analizarlas, debatirlas, rectificarlas e incluso desecharlas si el caso lo amerita. Tristemente, hoy el debate de ideas es muy reducido. Las campañas políticas se basan en la prebenda, el insulto y la acumulación de promesas imposibles y poco se explican los principios y valores que solventan un programa político.
Para bien de nuestra sociedad, hay que revertir esta situación y quienes nos consideramos liberales, debemos estar dispuestos a explicar y defender nuestros principios. Debemos desmitificar lo que propagandistas, economistas mediocres y políticos estatistas han dicho del liberalismo. Es un trabajo arduo y lento pero posible.
Santa Cruz de la Sierra, 26/01/14
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viernes, 7 de febrero de 2014

Bolivia en el Índice de Libertad Económica 2014


Javier Paz García
¿Cuáles son los factores que determinan la prosperidad de una nación? En 1776 Adam Smith publicó La Riqueza de las Naciones, donde trataba de responder a esta pregunta. Mediante la observación y el sentido común, Smith se dio cuenta que las naciones más prósperas no son aquellas con los ejércitos más poderosos, ni con los gobiernos más grandes, sino aquellas que protegen los derechos de propiedad de los ciudadanos y abren sus fronteras al comercio. Permitir y facilitar el intercambio de productos y servicios es necesario (aunque no suficiente) para el progreso de una nación.
El análisis de Smith y la fabulosa demostración teórica de David Ricardo sobre las ventajas mutuas del comercio tienen también un sustento estadístico abundante. Uno de los estudios estadísticos más amplios sobre el efecto de la libertad económica y la prosperidad es el Índice de Libertad Económica elaborado anualmente por la Fundación Heritage y el Wall Street Journal, que mide 10 factores claves para la prosperidad. Al igual que quien se gana la lotería o recibe una cuantiosa herencia puede ser rico sin trabajar, también existen naciones privilegiadas que por poseer ciertos recursos naturales de gran valor, tienen un nivel de vida alto, como sucede con el petróleo en los países árabes. O puede suceder que un país experimente una prosperidad temporal como consecuencia de una subida del valor de los productos que exporta, como sucede actualmente con Latinoamérica. Sin embargo la evidencia es contundente con respecto a la relación positiva entre la libertad económica y la prosperidad de largo plazo de una nación.
En la edición 2014 del índice, Bolivia obtiene un puntaje de 48.4 sobre 100 y se coloca en la posición 158 sobre 178 naciones estudiadas, quedando en la categoría de país represor de libertades económicas. No es coincidencia que países como Chile, Colombia, Uruguay y Perú, que tienen un puntaje alto sean los de mayor crecimiento a nivel regional, mientras, que en orden descendente Haití, Bolivia, Ecuador, Argentina, Venezuela y Cuba tengan los peores puntajes. En la actualidad, Bolivia y Ecuador gozan de cierta estabilidad producto de los precios del gas en el caso de Bolivia y el Petróleo en el caso de Ecuador, pero no hay duda que tal situación es temporal y muy volátil y que inexorablemente, la falta de libertad económica nos acercará más a la situación de Argentina y Cuba o Venezuela. El estudio puede ser visto en www.heritage.org/index

Santa Cruz de la Sierra, 19/01/14
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lunes, 20 de enero de 2014

Respuesta a Alberto Bonadona

Javier Paz García
En La lógica del propio interés (ED, 21/01/12) Alberto Bonadona afirma que “No hay nada que pueda frenar la búsqueda de la propia satisfacción y no hay nada, en la concepción smithiana, que diga por cuál vía lograrlo. No hay prójimo por quien preocuparse, se trata de cada uno por sí mismo. Ni familia ni religión o, mejor dicho, la religión es esa incesante sed de acumulación”. En mi artículo Adam Smith más allá del propio interés (ED, 07/02/12) hago notar el desconocimiento de Bonadona sobre la obra de Adam Smith, la cual abunda en temas de ética y religión. Lo curioso es que en un artículo posterior Del egoísmo y el mercado (ED, 10/11/12), Bonadona, cita a Amartya Sen para explicar que el pensamiento de Smith no se reduce a una acumulación egoísta. Dos cosas hago notar de este artículo: 1) refuta su propio artículo La lógica del propio interés, pero no hace referencia a éste ni admite su error original y 2) necesita citar a otros autores para referirse a la obra de Smith.
Luego de mucho tiempo Bonadona decide responder a mis saetas con Respuesta a un defensor del mercado (ED, 06/01/14) y escribe: “Tal vez lo que quiere decir el economista Javier Paz es que yo distorsiono lo que dice Adam Smith cuando defiendo la posición de este señor acerca de la benevolencia humana.”  Como ya expliqué, fue Bonadona quien redujo el pensamiento smithiano a egoísmo puro y fui yo quien refutó tal postura. Es hidalgo admitir los errores, pero Bonadona no reconoce su error, aunque asume una postura contraria a la que anteriormente él mismo postuló, mal representándose como un conocedor de Smith y mal representándome como alguien que no sabe lo que dice. Esta actitud no solo no es hidalga, sino que es deshonesta e impropia de un académico.
Bonadona vuelve a insistir con lo de no leer a Smith más allá de la página 27, cuando evidentemente él no lo ha hecho. Yo sí he leído La Riqueza de las Naciones en su lengua original, pero tengo que acotar que hay mucho de la literatura económica que no he leído y que apenas conozco. No hay nada malo en ello, nadie sabe ni lo ha leído todo. Lo reprochable es aparentar saber lo que uno no sabe y falsear sus propias posturas y las ajenas.
Finalmente Bonadona hace cuestión sobre mi hábito de citar. Poco o nada de lo que escribo es original; mis citas reflejan mis lecturas. Cito para dar crédito a quien lo merece, cito porque alguien ha expresado una idea mejor de lo que yo podría hacerlo; me parece insustancial polemizar al respecto.
Santa Cruz de la Sierra, 12/01/14
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domingo, 12 de enero de 2014

Confusiones sobre la libertad de expresión

Javier Paz García
Cuando hablamos de derechos humanos Es importante entender qué significa decir que la libertad de expresión es un derecho. Le impone al Congreso la prohibición de legislar sobre religión o que coarte la libertad de expresión y de prensa. Es decir que la primera enmienda le prohíbe al gobierno hacer leyes o tomar acciones que limiten la libertad de los ciudadanos de emitir su opinión, de poseer medios de prensa y de reunirse pacíficamente. La primera enmienda establece a la libertad de opinión como un derecho negativo que limita al Estado. Así lo pensaron quienes la redactaron y así la entendieron quienes posteriormente en otras naciones establecieron sistemas republicanos de gobierno basados en la protección de las libertades civiles y políticas.
Sin embargo el derecho a la libertad de expresión a menudo es tergiversado. Una forma frecuente tergiversación es alegar que tal derecho implica que una madre no puede callar a su hijo o un profesor a su estudiante. El error de este razonamiento consiste en no entender que el derecho a la libertad de expresión es una limitación del Estado con sus ciudadanos. Es el Estado el que está prohibido de prohibir. Y dado que el Estado tiene el monopolio de las leyes y del uso legítimo de la fuerza, es una limitación bastante prudente.
También abundan quienes consideran que un medio de prensa está en la obligación de publicar todo lo que alguien quiera opinar y que no hacerlo es coartar la libertad de expresión. Esta falacia se basa en la idea de que la libertad de expresión es un derecho positivo, es decir que otros están en la obligación de velar para que yo pueda expresarme donde quiera y como quiera. El dueño de un medio de comunicación no tiene tal obligación con nadie y al excluir la opinión de alguien, de ninguna manera le coarta su libertad porque esa persona es libre de decir lo que quiera a los cuatro vientos, escribir un libro, crear un blog o hacer su propio medio de prensa.
Estos errores de razonamiento conllevan a exigir cosas que no corresponden, a reclamar privilegios barnizándolos con el título de “derechos” y no infrecuentemente conllevan a que el Estado restrinja la libertad de expresión con el pretexto de defenderla, ampliarla o democratizarla.
Santa Cruz de la Sierra, 16/08/12

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Trabajo infantil y legislación

Javier Paz García
A menudo la gente cree que la solución a un problema es crear leyes. Y la legislación en todos los países abunda en buenas intenciones para acabar con la pobreza, mejorar la salud, brindar una educación de calidad, proteger al consumidor, etc., sin tener los resultados esperados. Probablemente el caso más curioso es el de una pequeña ciudad europea que mediante ley ¡exigía la inmortalidad de sus habitantes o en todo caso la clarividencia de saber cuándo se iban a morir! Este municipio prohibía que la gente muera dentro de su jurisdicción, por lo tanto los residentes estaban obligados a saber el momento de su deceso y tener la cortesía de retirarse a pueblos vecinos antes de celebrar tan importante evento.
En un mundo perfecto, los niños deberían tener padres amorosos que les den sustento y educación. No vivimos en un mundo perfecto y muchos niños se ven obligados a recortar su infancia y desempeñar funciones que corresponden a un adulto. Las razones para que un niño tenga que trabajar son diversas: abandono del hogar por tener padres abusivos, situación de pobreza de los padres, familias que tienen más hijos de lo que económicamente son capaces de sustentar, discriminación hacia las niñas, abandono de los padres, hasta llegar incluso a la venta de hijos para trabajar en condiciones de semi-esclavitud, como sucede en Asia.
El presidente Evo Morales ha indicado no estar de acuerdo con legislar la edad mínima de trabajo y tiene razón. Por muy triste que sea la realidad de que hay niños que trabajan, hacer leyes para prohibir el trabajo infantil, no soluciona nada. No soluciona la causa, que principalmente es la pobreza de muchas familias, y no soluciona la consecuencia, ya que los niños seguirán trabajando, porque es absolutamente necesario para su sobrevivencia.
Prohibir el trabajo infantil de hecho puede tener efectos contraproducentes, ya que, al convertirse en algo ilegal, quienes contratan niños, operan con mayor clandestinidad y frecuentemente ofrecen peores condiciones laborales.
El trabajo infantil se elimina con desarrollo económico, pero el proceso de desarrollo toma tiempo (y requiere un marco institucional que por cierto no existe en Bolivia). Mientras tanto, la sociedad, mediante instituciones de beneficencia, tiene un rol activo para ayudar a cuantos niños sea posible a devolverles la infancia para que puedan jugar cuando es tiempo de jugar.

Santa Cruz de la Sierra, 26/12/13

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