Javier Paz García
A principios del siglo XX, Antonio Gramsci, uno de los más destacados intelectuales comunistas, decía que el verdadero poder no estaba en la fuerza, sino en las ideas. Es decir, los valores y creencias de una sociedad son los que determinan la forma de gobierno y quienes gobiernan. Por ejemplo, en la edad media, la legitimidad de las monarquías en Europa se basaba en la creencia de que los reyes eran puestos por el mismo Dios, por supuesto esta creencia era fomentada por los reyes y la Iglesia Católica.
A principios del siglo XXI, el intelectual chileno Axel Kaiser publicó el libro La Fatal Ignorancia: la anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista. El libro tiene una tesis en esencia gramsciana: Chile desde Pinochet sentó las bases para una economía liberal que permitió el llamado milagro económico chileno. Esto generó una reducción significativa de la pobreza y la generación de mucha riqueza. Sin embargo, en el plano de las ideas, los liberales y los beneficiarios de una economía liberal, cedieron terreno a quienes promovían una sociedad colectivista y un estado antiliberal. Fruto de ello, los gobernantes y las políticas públicas en Chile, habían girado hacia más poder y discrecionalidad para el Estado, y menos libertad para los ciudadanos.
El título La Fatal Ignorancia de Kaiser es un guiño al premio Nobel de economía y brillante exponente de la escuela austriaca, Friedrich A. Hayek, quien al final de su vida escribió La Fatal Arrogancia, donde hacía una crítica de quienes pensaban que es posible dirigir una economía planificada mejor de lo que puede hacerlo el libre mercado. Hayek también escribió Camino a la Servidumbre, luego de la II guerra mundial, advirtiendo de los riesgos de seguir el camino de planificación centralizada de la Unión Soviética que tanta admiración causaba y que, como indica el título, este era el camino a perder las libertades civiles y políticas de los individuos en la sociedad, el camino a la servidumbre. En un ejemplo de cómo las ideas importan, en 1945, Antony Fisher, un empresario inglés, leyó el libro de Hayek, quedó conmovido y lo buscó para entrar en política. Hayek lo disuadió de tal idea con un argumento gramsciano: le dijo que los políticos no son generadores de opinión, sino seguidores de opinión; los políticos hacen lo que la mayoría quiere, porque su objetivo es ganar elecciones y le sugirió más bien fundar un centro de pensamiento que trabaje en influenciar a la opinión pública. Fisher fundó el Institute of Economic Affairs, para promover las ideas de la libertad. Posteriormente Margaret Thatcher se nutrió de las ideas de este centro y como ella mismo dijo el IEA “creó el clima de opinión que hizo nuestra victoria posible”. Thatcher fue una lectora y seguidora de Hayek, quien puso en práctica muchas de sus ideas. Lo mismo se puede decir de la importancia de la Heritage Foundation en Estados Unidos para que Ronald Reagan llegue a la presidencia y pueda hacer las reformas que hizo.
Las ideas importan, la batalla de las ideas importa y como muestra el ejemplo de Hayek, Fisher y Thatcher, la sociedad y los gobiernos que tengamos en 20 a 30 años, dependen de las ideas que sembremos hoy. Cómo corolario, lo que vivimos hoy es producto de lo que sembramos (o dejamos de sembrar hace 20 o 30 años). No trabajar e invertir en las ideas que conducen a la prosperidad y la libertad de los seres humanos es una fatal indolencia.
Santa Cruz de la Sierra, 14/06/26
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