miércoles, 20 de noviembre de 2013

El mercado es cooperación

Javier Paz García
Un prerrequisito y a la vez una de las grandes ventajas de la sociedad capitalista es la división del trabajo y la especialización. Yo no tengo que curarme yo mismo si me duele una muela o fabricar mis propios zapatos, sino que acudo a un dentista o a un zapatero respectivamente. La división del trabajo hace que la gente sea más productiva y por lo tanto existan mayores bienes y servicios para beneficio de la sociedad. De esta forma los miembros de una sociedad cooperan entre sí. Un zapatero vende su producción y cuando acude a un dentista, le paga con el fruto de su trabajo. Esta transacción es voluntaria y es una forma de cooperación social. De hecho, el mercado (tan injustamente vilipendiado) no es más que la agregación de transacciones voluntarias realizadas entre dos o más personas en beneficio mutuo.
Es cierto que hay competencia en el mercado, pero la competencia consiste en definir quien es más eficiente en la producción de bienes y servicios. En el mercado gana el que produce una mejor calidad a un menor precio. Es decir, en el mercado gana el que puede brindar el mayor beneficio al consumidor. Esto de ninguna manera significa que el mercado no sea un sistema de cooperación para resolver las necesidades materiales de una sociedad. De hecho es el mejor sistema de cooperación que existe hasta el momento y todos los intentos de reemplazar el mercado por una entidad centralizada han fracasado y a menudo han terminado en tragedias como la experiencia comunista desde la Unión Soviética y Cuba hasta desastres contemporáneos como Venezuela y Argentina. Reitero entonces que en lo referente al mercado, cooperación y competencia no son atributos mutuamente excluyentes. 
La política a menudo nos divide: el nacionalismo exalta la supremacía de ciertas naciones sobre el resto, el racismo postula que unas razas son mejores que otras, el proteccionismo demanda que dejemos de cooperar con el resto del mundo y los políticos son muy hábiles para fomentar los odios, resentimientos y miedos entre sus votantes. En cambio el mercado permite que cooperemos a nivel global entre personas de distintos idiomas, razas y nacionalidades, ¡sin siquiera conocernos! Mi computadora, mi vestimenta y los materiales que componen mi vivienda fueron hechos por miles de personas alrededor de todo el mundo, personas que jamás conoceré pero que han colaborado para que yo tenga ropa, una vivienda y pueda escribir estas líneas.
Santa Cruz de la Sierra, 10/11/13
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domingo, 10 de noviembre de 2013

El socialismo falló otra vez


Javier Paz García
Los socialistas venezolanos alegan que el gobierno de Hugo Chávez redujo la pobreza. Para motivos de análisis vamos a asumir que tal afirmación es cierta, pero ¿cómo lo hizo? Creando bonos con los ingresos del petróleo. Pero los ingresos del petróleo no los generó el socialismo venezolano, sino las inversiones realizadas por empresas multinacionales antes de que llegue Chávez al poder. Lo que ha hecho el chavismo es gastar lo que otros han generado. De hecho la producción petrolera en Venezuela ha sufrido un significativo y constante deterioro bajo los gobiernos chavistas. La reducción de la pobreza se logró con recursos provenientes del sistema capitalista, pero el socialismo ha conseguido que esos recursos decrezcan al punto que a pesar de que los precios del petróleo siguen altos, Venezuela vive una crisis económica, con alta inflación, desabastecimiento, caída de la producción, falta de reservas internacionales; en resumen está viviendo una exitosa cubanización. Los parámetros para considerar un modelo exitoso son subjetivos, pero no creo que 10 años de haber reducido levemente la pobreza a costa de destruir el país y una vez se acabada la plata, dejar a todos más pobres que antes justifique el apelativo de exitoso.
Por supuesto, siempre habrán los apologistas que dirán que el modelo no fue aplicado al 100%, que en algún momento se desvió, que si Chávez siguiera vivo hubiera encontrado las soluciones, o que no fueron tan radicales como debieron serlo, o que fueron demasiado radicales en la aplicación, etc. Lo cierto es que la situación económica de Venezuela ya era lamentable en tiempos de Hugo Chávez. Lo cierto es que el experimento socialista en Venezuela demuestra una vez más (¿acaso no ha sido esto demostrado tantas otras veces?), que el socialismo es un fracaso, que no funciona, que empobrece.
Por un lado, hay gente que no aprende y sigue teorizando tonterías. Por otro lado, sí hay gente a la que le va muy bien en el socialismo. Ahí está Fidel, o los familiares de Hugo Chávez que tienen plata para dejar de herencia hasta a los tataranietos y todo el círculo de políticos y militares corruptos que no les interesa que cambie el sistema, porque se quedan sin su mamadera. Para ellos el socialismo ha sido una maravilla.
Un modelo debe ser juzgado tanto por los resultados que produce a corto plazo, como por su sustentabilidad y los resultados de largo plazo. Es claro que bajo estos parámetros el socialismo es un rotundo fracaso.
Santa Cruz de la Sierra, 03/11/13
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domingo, 3 de noviembre de 2013

El modelo K hace aguas

Javier Paz García
Imagine un padre que trabaja toda la semana y que llegado el fin de semana el hijo se gasta todo el dinero acumulado. Imagine que el éxito de cada agente económico se mida por el gasto que genera. Bajo este esquema el padre trabajador sería considerado improductivo, y el hijo gastador sería considerado productivo.
Algo similar sucede con los gobiernos populistas. El éxito de tales gobiernos consiste en gastar el dinero que otros han generado. Y por supuesto mientras más puedan expoliar a unos para dar a otros, mayor será el “éxito” de su gestión. El problema es que tarde o temprano, ante la falta de seguridad jurídica y las altas tasas impositivas que requiere el Estado de bienestar, las inversiones disminuyen y se acaba la plata para distribuir, los subsidios se deben recortar y los niveles de pobreza (que inicialmente bajan) vuelven a subir a niveles superiores al periodo inicial del populismo.
En su artículo La relección descartada (El Deber, 25/10/13) Reymi Ferreira califica de exitoso el modelo económico de los Kirchner y afirma que “distribuyó más equitativamente el excedente, disminuyó la pobreza, mejoró el empleo y fortaleció la industria”. Semejante afirmación hace 5 años, hubiera pecado de superficialidad porque en ese entonces la economía argentina estaba en mejor situación que digamos el 2002, pero decir eso ahora es simplemente ceguera, propaganda o desconocimiento de la realidad. La industria argentina sufre graves problemas para abastecerse de insumos por las trabas de importación, la inseguridad jurídica y las restricciones cambiarias, el empleo está en declive por la falta de inversión, la inflación carcome el ahorro de todos, pero especialmente de los más pobres, el Estado se ha gastado las pensiones de los argentinos que por ende corren el riesgo de no tener jubilación y los fondos para seguir subvencionando servicios y redistribuyendo “excedentes” se están agotando. La Argentina se hunde en una crisis precisamente por el modelo “exitoso” de los Kirchner, al igual que Venezuela por el despilfarro de Chávez, a quien por cierto Ferreira también considera un gran líder.
El aparente éxito del modelo se debe a un periodo extraordinariamente favorable debido a los altos precios de las materias primas. El hecho de que los precios de las materias primas sigan altos y que a pesar de ello Argentina tenga todos los problemas que tiene es evidencia contundente del fracaso e insostenibilidad del modelo.
Santa Cruz de la Sierra, 27/10/13
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viernes, 25 de octubre de 2013

Atajando dólares


Javier Paz García
Las noticias que llegan desde Argentina y Venezuela ilustran lo pernicioso que son los gobiernos totalitarios y centralistas. Creo que afirmar tal cosa no es exagerado. Son totalitarios porque utilizan la justicia, las fuerzas armadas, los recursos del Estado y la violencia de grupos afines para acabar con la oposición política y la prensa independiente. Son centralistas porque quieren controlarlo todo, desde la marca de papel higiénico que uno usa, hasta lo que uno piensa o lee.
Ambos gobiernos, en su afán de controlar y centralizar la economía han establecido políticas cambiarias desatinadas, cuyas consecuencias son la creación de mercados paralelos.
En Venezuela el tipo de cambio oficial está tan fuera de la realidad que es lucrativo viajar a otro país, sacar dólares con la tarjeta de crédito al tipo de cambio oficial y retornar para venderlos al cambio paralelo. En Argentina, ya existe una especie de corralito y los perros policías husmean en los aeropuertos, no en busca de drogas, como uno se imaginaría, sino en busca de dólares.
Es necesario recalcar algunas cosas sobre esta situación. 1) La existencia de un mercado paralelo es la consecuencia de una equivocada política de gobierno, y no de perversos especuladores o malvados capitalistas. 2) La existencia de un mercado oficial irreal beneficia y enriquece a quienes tienen acceso a los dólares, que generalmente son funcionarios del mismo gobierno, familiares y amigos. 3) El uso del mercado paralelo por parte de la población no es algo inmoral, aunque sea criminalizado por el Estado. También en Estados racistas del pasado era ilegal que un negro use el baño de un blanco, sin que de ninguna manera podamos calificar tal acción como inmoral. Con esto quiero decir que en los Estados abusivos y totalitarios las leyes están hechas para acumular poder y subyugar a la población y que por lo tanto no necesariamente existe una relación entre la legalidad y la moralidad. De hecho, en el caso de la Argentina y Venezuela lo inmoral es la irreal y absurda política cambiaria del gobierno, que sirve para enriquecer a funcionarios de gobierno. 4) Los mayores controles del Estado, como pretexto para evitar la fuga de divisas, tienen como consecuencia una pérdida sistemática de las libertades ciudadanas. 
Santa Cruz de la Sierra, 20/10/13
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martes, 22 de octubre de 2013

La última víctima de la cacería de brujas


Javier Paz García
El gobierno de Evo Morales entró con la consigna de perseguir a la oposición política. Los métodos han sido diversos desde el uso de hordas de militantes agresivos dispuestos a todo, como sucedió en el sitio a Cochabamba el 2007 donde mataron al joven Christian Urresti y quemaron la prefectura, el sitio a Santa Cruz el 2008 que no llegó a mayores gracias a la mirada internacional, la toma de la prefectura de Pando, con enfrentamientos y muertos en ambos bandos, como también el degollamiento de perros por un actual senador del partido de gobierno bajo amenaza de que tal cosa iba a sucederle a los cruceños, los inventos y denuncias de complots siempre sin pruebas hasta llegar a la tramoya  del caso terrorismo donde es cada vez más difícil de ocultar la participación del gobierno para inculpar a la dirigencia cruceña.
El arma favorita del gobierno ha sido la utilización del sistema de justicia para sus fines políticos. Descubrió que no hay nada mejor que designar a fiscales y jueces serviles e iniciar 10, 20 o 100 procesos diferentes contra los opositores políticos para enterrarlos en audiencias, declaraciones, trámites y abogados, si es posible lejos de sus lugares de residencias, para que incurran en más gastos. La última víctima de esta cacería de brujas es José María Bakovic, ex presidente del Servicio Nacional de Caminos quien sufrió un infarto al llegar a La Paz a declarar a una audiencia judicial. Médicos forenses habían advertido de los riesgos de un viaje a La Paz, a 3600 metros de altura para la salud de Bakovic, pero la fiscalía consiguió otros forenses para que dictaminen lo contrario.
Más allá de la inocencia o culpabilidad del señor Bakovic, existe un patrón de comportamiento de este gobierno de utilizar el aparato judicial para perseguir y amedrentar a los opositores, sin tener el mínimo respeto por los derechos civiles como la presunción de inocencia, el juez natural o una corte imparcial. En este caso las acciones del gobierno atentaron exitosamente contra la vida del señor Bakovic quien falleció en un hospital de Cochabamba.
Santa Cruz de la Sierra, 12/10/13
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sábado, 19 de octubre de 2013

El IBCE se equivoca


Javier Paz García
Hace más de dos siglos, Adam Smith notó que la riqueza de las naciones no dependía de la cantidad de oro que acumulaban, sino de la productividad de su población, que cerrar la economía al comercio internacional ocasiona un empobrecimiento general y que más bien había que permitir la competencia a todo nivel para aumentar la productividad, el nivel de vida y la riqueza. Las observaciones de Adam Smith, llenas de lógica y sentido común son corroboradas por prácticamente todo estudio serio al respecto. Informes como el Índice de Libertad Económica elaborado cada año por el Wall Street Journal y la Fundación Heritage, el Doing Business del Banco Mundial o el Índice de Libertad Económica elaborado por el canadiense Instituto Frasier corroboran la relación positiva entre la apertura de una economía y su nivel de desarrollo.
Según una nota de la Agencia Boliviana de Información, el gerente del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), ignorando tanto la sólida teoría como la abundante base estadística ha declarado que "un país que no protege su mercado interno resigna oportunidades de desarrollo" y que para proteger el mercado interno es recomendable aplicar barreras arancelarias para productos de alto valor agregado.
Una barrera arancelaria limita o elimina la competencia externa, ocasionando una pérdida para el consumidor que debe pagar más caro por un producto y una reducción de las alternativas disponibles. La barrera arancelaria beneficia al productor local que mediante este mecanismo tiene una competencia reducida. Sin embargo, el efecto negativo que sufre el consumidor es siempre mayor que el efecto positivo del productor por lo que el efecto global en la economía es negativo.
A menudo se equipara el bienestar de los productores y exportadores con el bienestar de un país, relegando a los consumidores. Se olvida que producir no es un fin en sí mismo, sino que más bien el fin de producir es poder consumir. Esta visión lleva a santificar las exportaciones y a denostar las importaciones, olvidando que el objetivo de exportar es poder importar y no al revés. La razón para tener que proteger una industria es porque ésta es ineficiente. La competencia la obliga a mejorar su eficiencia o la hace desaparecer. Por cierto al desaparecer una industria, los empleos no se pierden definitivamente ya que los trabajadores pasan a otras industrias más competitivas. A la larga la competencia obliga a la especialización, aumenta la productividad y aumenta la riqueza de las naciones.
Santa Cruz de la Sierra, 04/10/13
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