Javier Paz García
El internet está lleno de comparaciones caricaturescas entre líderes y jefes. Mientras el líder es una persona inspiradora, querida, honesta, sacrificada, que enseña y escucha a sus colaboradores y busca el bien mayor, el jefe es egoísta, roba méritos ajenos y es un mandamás a quien la gente le teme, etc. Hace poco di una charla a estudiantes de ingeniería industrial y les pregunté cuál era la diferencia entre líderes y jefes y respondieron en línea con lo que inunda las redes sociales mostrando a los líderes como buenos y a los jefes como malos. Luego les pregunté a qué aspiraban profesionalmente y una gran parte de ellos dijo que quisieran tener sus propias empresas. Quedaron sorprendidos cuando les indiqué que entonces aspiraban a tener gente bajo su cargo, es decir, a ser jefes, lo que, bajo su propia definición, los convertía en malas personas.
Definamos los conceptos de manera sencilla. Un jefe es alguien que tiene personas a su cargo dentro de una organización. Un líder es alguien que tiene iniciativa y hace que las cosas sucedan, alguien en quién la gente confía y está dispuesta a seguir. Ninguna de las definiciones implica un juicio de valor; es decir, una persona no es necesariamente buena o mala por ocupar o no estos roles. De igual manera es importante considerar que estas definiciones no son mutuamente excluyentes; alguien puede ser líder sin ser jefe, ser jefe sin ser líder y ser un jefe que también es un líder. Ojo sobre los juicios de valor que también hay malos líderes: gente muy inspiradora, de gran iniciativa, que causan daño con el poder de su influencia. Pienso por ejemplo en el reverendo Jim Jones, un pastor norteamericano que fundó una secta y logró que 917 de sus miembros se muden a una selva en Guyana donde posteriormente en 1978 los convenció de cometer un suicidio colectivo, incluidos alrededor de 200 niños. Si alguien puede persuadir a una madre y un padre de mudarse miles de kilómetros con su familia al medio de la nada y convencerlos de asesinar a sus propios hijos para luego suicidarse, entonces realmente es una persona inspiradora, con iniciativa y a quien la gente está dispuesta a seguir hasta las últimas consecuencias y sin embargo difícilmente podemos concluir que es una buena persona. Evo Morales ilusionó al país e incluso al mundo, ganó elecciones con los mayores márgenes de nuestra historia democrática reciente y tiene seguidores que están dispuestos a todo por él, es el político boliviano más importante de los últimos 30 años. Evo es indiscutiblemente un líder; también es un pedófilo bajo cuyo gobierno se socavaron los derechos humanos y las instituciones democráticas, y se saqueó al país. Menciono esto solo para que seamos más críticos y salgamos del simplismo dualista de los jefes son malos y los líderes son buenos.
Los jefes son importantes en una organización, ya sea una empresa, una fundación sin fines de lucro o una iglesia. Tanto para dar estructura y dirección y que las cosas se ejecuten, como también para establecer el clima y la cultura. Según Daniel Goleman, entre el 50 y el 70% de la percepción de los colaboradores sobre el clima laboral depende de sus jefes. Y numerosos estudios entre ellos de la London School of Economics, MIT, Oxford, McKinsey indican que un mejor clima laboral contribuye a menor ausentismo, menor rotación, mayor satisfacción de los clientes, mayor rentabilidad, mayor salud y bienestar de los trabajadores. Entonces un buen clima laboral puede contribuir a clientes mejor atendidos, empleados más felices y sanos y empresas más rentables. ¡Los buenos jefes pueden contribuir a un mundo mejor! Un ejemplo concreto de esto es el caso de la planta NUMMI de General Motors que fabricaba vehículos y que era considerada la peor de toda la industria automotriz. En 1984 la planta pasó a ser administrada por Toyota bajo un joint venture y el ausentismo bajo de 20% a 2%, se acabaron los sabotajes y pasó a ser la mejor planta de GM. Lo extraordinario de esto es que tenía los mismos trabajadores, solo habían cambiado los jefes. Los jefes importan y pueden hacer una gran diferencia.
Otra tendencia propia de estos tiempos de eufemismos y excesiva corrección política es evitar llamar a las cosas por su nombre y a los jefes no decirles jefes, sino líderes, coaches, lead, coordinador, habilitador, etc. y evitar llamar a los trabajadores y empleados, trabajadores y empleados, sino colaboradores, team member, asociados, etc. Desde lavar pisos o ser jardinero en mi universidad hasta ser gerente general de una empresa, he sido y sigo siendo un empleado y me siento orgulloso de todos mis trabajos y no entiendo por qué las palabras “empleado o trabajador” puedan tener una mala connotación. He tenido muchos jefes y sigo teniéndolos, de quienes he aprendido mucho por lo que les estoy agradecido y también soy jefe y desde mi posición intento ayudar, enseñar e inspirar a quienes dependen de mí. Y por cierto también yo dependo de ellos y aprendo de ellos. Creo que ser jefe es un privilegio, una gran responsabilidad y una oportunidad de impactar positivamente sobre otras personas y contribuir de manera concreta a un mundo mejor. Me parece que ser jefe es algo para sentirse orgulloso y no necesita de eufemismos.
Concluí la charla con los jóvenes universitarios diciéndoles que tampoco necesitan ser jefes para ser líderes. Quien ve una basura en el piso de su universidad y lo recoge, quien impulsa una colecta para un amigo enfermo, quien organiza un viaje de amigos a Samaipata, quien en su empresa propone mejoras, aunque no sean de su responsabilidad, quien se involucra en su comunidad para lograr cambios es un líder. Un líder es alguien que tiene iniciativa y hace que las cosas sucedan. Ser líder no depende de cargos. Todos tenemos el potencial de ser líderes y todos podemos ser líderes ahora, no importa la situación en la que estemos o el cargo que tengamos.
Santa Cruz de la Sierra, 31/10/26
http://javierpaz01.blogspot.com/
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