lunes, 12 de enero de 2015

La moralidad de la lucha contra la desigualdad

Javier Paz García
Los seres humanos en general deseamos el bien a otras personas, conocidas y desconocidas, y sentimos compasión ante el sufrimiento ajeno. La pobreza material, al ser una causa de sufrimiento, nos produce tristeza y compasión. Ayudar a las viudas, los huérfanos, los minusválidos y los pobres es un precepto que podemos encontrar en casi todas las religiones y las civilizaciones del mundo y apela a nuestro sentido de humanidad, de comunidad y de fraternidad. Por ello, las acciones de los gobiernos y de los individuos para paliar y reducir la pobreza, aunque muchas veces son contraproducentes y por ello criticables desde un punto de vista práctico, tienen al menos un sustento moral.
No sucede lo mismo con la desigualdad, o mejor dicho con la lucha contra la desigualdad. La moralidad de la lucha contra la pobreza se sustenta en la compasión, la misericordia, el deseo paliar los sufrimientos humanos. En cambio la lucha contra la desigualdad, que en otras palabras es la lucha por la igualdad se fundamenta en una visión egoísta, mezquina y envidiosa de que es malo que unos tengan más que otros. Y es que quienes luchan contra la desigualdad no se alegran de que en términos relativos en el planeta cada vez hayan menos pobres, lo cual es indiscutible, sino que les molesta que hayan cada vez más ricos. Para ellos el problema no es la pobreza, sino la riqueza. En general alimentan sentimientos de envidia, insinuando que los ricos son ricos porque explotan a los pobres, que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, y cosas por el estilo. Prefieren una sociedad donde todos sean igualmente pobres a una donde algunos sean inmensamente ricos, aunque exista menos pobreza. La idea, repetida en mil formas de que es una barbaridad que alguien sea tan rico, o tenga tales vehículos o haga una fiesta tan fastuosa, habiendo tanta pobreza, es simplemente una epifanía de la envidia.
Para dar un ejemplo, recientemente leí en un periódico que “la desigualdad aumentó en el país, a pesar de que la pobreza disminuyó”. Y claro, la idea de quien escribió semejante tontería es que si aumenta la desigualdad, entonces ¡algo debe andar mal!, aunque hayan menos pobres. Y el problema de enfocarse en la desigualdad, es que a menudo olvidamos el verdadero problema que es la pobreza. Y como consecuencia se elaboran políticas que en aras de reducir la desigualdad, producen más pobreza.
Santa Cruz de la Sierra, 03/01/15
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viernes, 2 de enero de 2015

La tontería de la desigualdad

Javier Paz García
Considero un exceso la atención que la prensa y los propios economistas otorgan a la desigualdad. Dicha atención es tal vez una herencia del marxismo, pero evidencia una falta de conocimiento sobre el desarrollo económico. Que un periodista, un cura o un ingeniero no sepan de economía, no tiene nada de anormal, pero que tantos economistas, que además dicen procurar el desarrollo económico, no sepan de economía, sí que es sorprendente y preocupante. Y es que tal vez la desigualdad debe ser un motivo de estudio para politólogos, políticos y sociólogos, pero muchísimo menos para economistas.
Para ver por qué, imaginemos dos agricultores independientes que en el año 1 comienzan con un capital de 1 dólar cada uno y en el año 2 tienen un capital de 2 y 3 dólares respectivamente. De haber total igualdad pasamos a un estado de desigualdad. ¿Alguien puede decir que es mejor la situación de los agricultores en el año 1? Ahora supongamos que hasta el décimo año han acumulado capitales de 50 dólares y 4 dólares respectivamente. La desigualdad es aun mayor, pero la situación de ambos sigue siendo mejor que en los años 1 y 2. Puede que un agricultor sea más trabajador que otro, o que uno haya ahorrado más que otro, o que el clima y el terreno de uno de ellos sea más propicio. En todas estas situaciones, la desigualdad no es una causa, sino una consecuencia y en ningún caso debe ser considerado un problema.
La historia de la humanidad es similar al ejemplo de los agricultores. Durante casi toda nuestra existencia como especie, hemos vivido en la pobreza y la igualdad. El capitalismo y la innovación tecnológica han permito una mejora de las condiciones de vida de casi todos los seres humanos, y también el enriquecimiento extraordinario de muchos de ellos, lo cual ha aumentado la desigualdad. Dejando la envidia a un lado, ¿por qué es esto un problema? El estribillo de que los pobres son cada vez más pobres y los ricos más ricos es factualmente falso. Un obrero canadiense tiene acceso a servicios de agua, salubridad, alimentos, electricidad y entretenimientos que un príncipe del medioevo envidiaría.
De hecho si analizamos las sociedades actuales, podemos ver que las peores condiciones de vida se encuentran entre los países que rechazan el capitalismo y persiguen políticas igualitarias. En vista de la evidencia, deberíamos considerar como una calamidad que un político o un país busquen mayor igualdad.
Santa Cruz de la Sierra, 29/12/14
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sábado, 27 de diciembre de 2014

¿Quién determina el precio del petróleo?

Javier Paz García
He escuchado varias explicaciones sobre la razón de la caída de los precios del petróleo. Desde las teorías conspirativas culpando a los Estados Unidos, hasta las teorías conspirativas señalando a Arabia Saudita. Mi mayor objeción a estas hipótesis es que sería extremadamente difícil (si no imposible) y absurdamente costoso para un país lograr manipular el precio del petróleo para bajarlo de 100 a 60 dólares. Un país productor puede hacer subir el precio del petróleo dejando de producirlo; es decir, tirándose un tiro en el pie. Semejante acción solo beneficia a los otros productores ya que el momento que este país vuelve a producir, el precio baja de manera casi inmediata. El cartel de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) es un intento de controlar el precio del petróleo a través de cuotas de producción repartidas entre todos los países miembros. Por supuesto para que un gobierno pueda determinar sus niveles de producción de petróleo, debe manejar su producción petrolera, por ello los miembros de la OPEP son generalmente monarquías, dictaduras o democracias semi-socialistas. Un gobierno como el de Estados Unidos, donde se respeta la propiedad privada y donde el petróleo le pertenece a quien lo extrae de su tierra no tiene como controlar la producción (al menos en el corto plazo), porque la misma está en manos privadas. Esto es una razón más para descartar las teorías conspirativas que involucran al gobierno de los Estados Unidos.
Lo que los expertos en energía señalan, es que en Estados Unidos existe un boom de inversiones para explorar yacimientos de esquisto lo que ha incrementado considerablemente la producción de ese país. Además si agregamos una desaceleración de las economías de China, India, Brasil y un estancamiento de Europa y Estados Unidos, no es difícil concluir que la explicación de la caída del petróleo no está en teorías conspirativas sino en la llana oferta y demanda. Yo no soy un experto en energía, pero como economista puedo decir que cuando un negocio produce muchas ganancias, atrae muchas inversiones y viceversa. El petróleo ha experimentado más de una década con precios altos, entonces no es de extrañarse que estos precios hayan incentivado muchas inversiones. A medida que estás inversiones han dado sus frutos y la producción ha aumentado, los precios han caído. Análogamente, en la medida en la que estos precios bajos se mantengan por un largo plazo, podemos pronosticar una reducción en el ritmo de inversiones petroleras.
Santa Cruz de la Sierra, 21/12/14
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domingo, 21 de diciembre de 2014

El achachairú y la seguridad jurídica

Javier Paz García
El hecho que una fruta tan deliciosa y endémica de Bolivia como es el achachairú sea sembrada y comercializada en otro país debe llamarnos a la reflexión. Eso traté de hacer en el artículo Las lecciones del achachairú (El Deber, 09/12/14). Pero hay que evitar sacar conclusiones incorrectas. Por ejemplo sería absurdo prohibir la exportación de semillas. Esta es la actitud del perro del hortelano que no come ni deja comer. Esta actitud desgraciadamente es muy prevaleciente en este país de patrioteros.
O tal vez alguien puede afirmar que en Bolivia sí hay inversiones grandes y de largo plazo, que hay petroleras transnacionales, que la construcción tiene una bonanza, que hay miles de hectáreas de soya. Para responder este argumento podríamos decir que en realidad no han entrado nuevos operadores petroleros desde la nacionalización y que las inversiones en construcción y soya se recuperan en un menor plazo que las inversiones en una planta que necesita varios años antes de dar frutos. Pero más importante es entender que ni la inversión ni la seguridad jurídica son cualidades finitas. Es decir, no son atributos que existen al 100% o no existen, sino más bien son continuas. No existe un país que tenga 0 seguridad jurídica ni tampoco un país con 0 inversión. Pero podemos comparar países y decir que en A existe mayor seguridad jurídica que en B. Y si entendemos que la seguridad jurídica no es una cualidad finita y estamos de acuerdo en que a mayor seguridad jurídica habrá más inversiones, entonces el contraargumento de que en Bolivia hay inversiones millonarias y por lo tanto hay seguridad jurídica pierde validez. 
Bolivia tiene inversiones que van acorde a su nivel de seguridad jurídica, por ejemplo es más seguro invertir en Bolivia que hacerlo en Irak o en Afganistán, por ello podemos esperar que Bolivia tenga más inversión que esos países. Bolivia tiene menos seguridad jurídica que Australia, Estados Unidos o Uruguay y por ende podemos esperar que la inversión en Bolivia sea menor que en aquellos países. Entonces la pregunta es ¿cuánta inversión adicional podríamos haber atraído si tuviéramos niveles de seguridad jurídica similares a los de Australia? ¿Cuánto habría bajado la pobreza y el desempleo? ¿Cuántos edificios, viviendas, hectáreas de cultivos y fábricas adicionales habría?
El costo de la inseguridad jurídica no se ve, porque es el costo de lo que se dejó de crear y producir, pero es un costo real y muy alto.

 Santa Cruz de la Sierra, 13/12/14

lunes, 15 de diciembre de 2014

Lecciones del achachairú

Javier Paz García
Una de las frutas más deliciosas que conozco es el achachairú, cuyo árbol es endémico de Bolivia. Esta fruta es tal vez uno de los secretos mejor guardados del país, lo cual no es motivo para enorgullecerse. Y lo que quiero decir es que si tenemos algo tan delicioso, ¡entonces por qué no lo producimos en gran escala, lo industrializamos y lo vendemos al mundo!
En realidad ya hay personas que han hecho esto ¡en Australia! Un grupo de inversionistas extranjeros (y que no son australianos) llevo semillas de Bolivia y plantó cientos de hectáreas al otro lado del mundo. Alguien me comentó que ya empezaron a comercializar la fruta, que le acortaron el nombre a achacha, porque pronunciar achachairú para un gringo o un europeo resulta muy complicado y podría desincentivar las ventas y que lo venden como algo exótico y exclusivo. No debería sorprendernos si en 20 años el mundo conoce el “achacha” como la maravilla australiana.
Vale la pena hacernos varios cuestionamientos sobre esta situación. Por ejemplo ¿no hay en Bolivia personas emprendedoras y visionarias que pudieran haber emprendido un proyecto serio de producción y exportación del achachairú? Yo creo que abundan los emprendedores en este país, y que podemos encontrar centenas de personas que viniendo de la  absoluta pobreza han creado fortunas a punta de trabajo honesto, creatividad y visión de futuro. Entonces no podemos atribuir la responsabilidad a la falta de iniciativa y talento empresarial. Una pregunta que tal vez nos lleva hacia una respuesta más acertada es ¿por qué un extranjero que no es australiano, se llevaría la semilla a Australia en vez de sembrarla acá?
Para responder a esta pregunta, voy a formular otra. ¿Usted invertiría ahora en un proyecto que requiere una fuerte inversión ahora y que empieza a producir ganancias en 10 años si ese proyecto debe realizarse en Irak? Probablemente no. Y usted si tiene la alternativa entre invertir en un país donde organizaciones criminales avasallan tierras productivas impunemente, donde el sistema judicial es tan corrupto que los jueces otorgan sus fallos a quien más dinero les da y donde el Estado no solo no protege la inversión y la propiedad privada, sino que la ataca y la vulnera o invertir un país donde si usted compra un pedazo de tierra, tiene la tranquilidad de que nadie se la va a quitar, ni le va a controlar los precios o ponerle cuotas de exportación. ¿Qué país elegiría? Esa es la diferencia entre Australia y Bolivia.
Santa Cruz de la Sierra, 08/12/14


viernes, 12 de diciembre de 2014

Estatismo, alimentación y coca


Javier Paz García

La noción de que el Estado debe regular, por motivos de salud, lo que puede y no puede consumir una persona, es absolutamente contrario a los principios de libertad y responsabilidad individual. Me resulta inaceptable que el Estado nos imponga la dieta alimenticia. Permitirlo, abre una ventana peligrosa y sienta un precedente nefasto sobre las potestades del Estado sobre el individuo, su soberanía y su libertad. Las decisiones de cada ser humano sobre sí mismo y sus asuntos, en tanto esas decisiones no comprometan la vida, la integridad y la propiedad de otros, deben ser absolutamente inviolables.

Lo cierto es que son poquísimas personas las que siguen una dieta alimenticia óptima. La mayoría comemos demasiada carne roja, frituras, bebidas alcohólicas, tabaco, gaseosas, sal, azúcar, caramelos y un largo etc. Lo hacemos porque para la mayoría de las personas, vivir largo tiempo, aunque es algo importante, no es el único objetivo en la vida; ni siquiera el principal. Casi todos cometemos irresponsabilidades con nuestra dieta, pero no es función del Estado prohibirnos las carnes rojas o la sal en exceso.

Pero incluso si suponemos que el Estado tiene un legítimo derecho a intervenir coercitivamente en las opciones alimenticias de la gente, tampoco considero que, por motivos de salud el consumo de coca debería ser prohibido, porque ni el té de coca ni el acullico en cantidades moderadas son dañinos a la salud. Por supuesto, si yo comiera 10 huevos fritos todos los días en el desayuno, el almuerzo y la cena, en poco tiempo mi salud estaría muy deteriorada. Pero el responsable de ello no serían los huevos, sino mi propia irresponsabilidad e insensatez. Que muchos consumidores de coca, abusen de ella, y no se laven los dientes, y tengan dientes verdes y no coman ni duerman adecuadamente, no es culpa de una hoja cuyo consumo, en cantidades moderadas (como debe ser todo alimento) no ocasiona mayores perjuicios para la salud.

La convención de Viena cometió una arbitrariedad al decir que el consumo de la coca debería ser eliminado, legislando sobre un tema que en primer lugar no debería ser de su competencia y en segundo lugar porque la coca ni es dañina para la salud, ni es peor que otros alimentos que no están prohibidos, como ser las bebidas alcohólicas, el tabaco, las papas fritas o las tripas rellenas. Que el Estado determine la dieta de las personas me parece una de las formas más denigrantes de estatismo e irrespeto a la dignidad humana.

Santa Cruz de la Sierra, 22/03/12

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