sábado, 27 de junio de 2026

Sobre el nuevo régimen cambiario

 Javier Paz García

El gobierno de Rodrigo Paz nos tiene acostumbrados a hacer las cosas tarde y mal. Ayer cambió el régimen cambiario fijo y esta vez tampoco decepcionó. Una medida que debió tomarse a los días o semanas de asumir el gobierno, tardó lo que tarda un niño en gestarse y dar a luz. Con la medida el gobierno abandona el tipo de cambio fijo y permite un cambio flexible, pero fiel al estilo del gobierno de deslindarse de sus responsabilidades, pone la carga de la estabilidad cambiaria sobre las entidades de intermediación financiera (EIF) en vez de sobre quien por norma tiene que hacerlo: el Banco Central de Bolivia. Así como el presidente y capitán general del Estado Plurinacional de Bolivia, pidió a la población que salga y desbloquee, cuando es obligación del Estado y del gobierno constitucionalmente elegido hacerlo, hoy el Banco Central de Bolivia pretende traspasar la responsabilidad de la estabilidad cambiaria a los bancos privados, prohibiéndoles vender dólares por encima de los diez centavos del cambio oficial.

La resolución de directorio Nro. 88/2026 del Banco Central de Bolivia, casi está muy bien, pero está muy mal. Establece un reglamento de operaciones cambiarias que en esencia dice que tipo de cambio oficial será determinado por las operaciones que realice el sistema financiero. Eso está muy bien, y así se determina con leves variaciones de forma el tipo de cambio oficial en Brasil, Paraguay, Chile, Perú, Argentina, Estados Unidos, la Unión Europea y casi todo el mundo. Pero luego, para no dejar de ser un país bananero, introduce en su artículo 6 lo siguiente: 

Se denomina valor referencial de venta del USD al que resulte de sumar al TCO 10 centavos de boliviano. Las EIF no podrán vender USD por encima del valor referencial de venta.

Con este artículo el Banco Central elimina la libertad cambiaria en las entidades de intermediación financiera y de cierta forma pretende traspasar la responsabilidad de la estabilidad cambiaria a los bancos privados ¡Tal cual Arce Catacora! Omitiendo este artículo, la RD 88/2026 hubiera sido muy buena; su inclusión la hace muy mala. El actual gobierno no tenía más que copiar lo que hace cualquiera de nuestros vecinos para tener corregir el régimen cambiario, pero decidieron darle su toque folklórico y plurinacional. Y para ser justos, el nuevo régimen cambiario es mejor que lo que había antes, pero no es lo óptimo y pareciera que el gobierno de Rodrigo Paz no aspira a hacer las cosas bien, sino simplemente a ser un poco mejor que su antecesor.

Lo correcto sería que las personas, empresas y entidades financieras puedan pactar libremente el tipo de cambio, sin ninguna restricción y que el tipo de cambio oficial refleje la realidad del mercado y sirva como referente informativo y de ninguna manera coercitivo y obligatorio como lo han hecho. Un régimen de tipo de cambio libre no impide al gobierno participar en el mercado y manipularlo vendiendo o comprando monedas extranjeras: a riesgo de aburrir, reitero que así funciona en todo el mundo incluidos nuestros países cinco vecinos. Pero el gobierno no ha buscado adoptar mejores prácticas, sino que en esencia ha mantenido el paradigma del MAS de que el gobierno puede imponer el tipo de cambio oficial por la fuerza, con la variación de que ahora va a dejar que éste se mueva como máximo diez centavos por día. Curiosamente, el artículo 6 prohíbe a los bancos vender dólares por encima de los diez centavos del tipo de cambio oficial, pero no por debajo. Esto parece mostrar una preocupación por una depreciación acelerada del boliviano, y no por una apreciación. La depreciación de una moneda en el largo plazo proviene de la excesiva emisión monetaria del mismo Banco Central, por lo que el objetivo del artículo 6 parecería tener el objetivo de evitar, retrasar o paliar los efectos de la irresponsabilidad del mismo Banco Central. 

Santa Cruz de la Sierra, 27/06/26

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lunes, 22 de junio de 2026

La demagogia de los bajos salarios públicos

 Javier Paz García

Es casi obligatorio de cada aspirante a la presidencia de la nación denunciar los despilfarros de sus antecesores y prometer medidas de austeridad. Una de las favoritas es bajar los salarios de sus ministros y de sí mismo. ¿Cuáles son las consecuencias de pagar bajos salarios a los más altos funcionarios de la nación? Antes de responder a esta pregunta hagamos algunos supuestos. Establezcamos temporalmente dos premisas 1) Los aspirantes a funcionarios públicos son honestos y no van a robarle al Estado y 2) Las personas actúan de forma racional buscando su propio interés. La segunda premisa es un supuesto estándar de la ciencia económica y no significa para nada que una persona vaya a ser tramposa o deshonesta. En términos generales, todos buscamos nuestra propia mejora y bienestar, y esto es válido y de hecho deseable, siempre que se haga en el marco de la ética y la verdad, sin engañar ni estafar a otros. Si la primera premisa se cumple (algo que posteriormente pondremos en duda), el funcionario público no robará y por ende ganará solo su salario; luego, bajo la segunda premisa, un aspirante a funcionario público solo estaría dispuesto a serlo, si puede ganar lo mismo o más que en el mercado privado. Entonces, si para cierto nivel de talento, los salarios públicos son más bajos de lo que paga el sector privado, el Estado no podrá atraer dicho talento y tendrá que “reclutar” personas de menor capacidad que en el mercado privado no podrían ganar más de lo que ya ofrece el sector público. Bajo las premisas de que las personas son honestas, son racionales y buscan su propio interés, el resultado de los bajos salarios es excluir a los más capacitados del servicio público. 

Ahora relajemos la primera premisa, y supongamos que en la sociedad hay personas honestas y personas deshonestas que están dispuestas a servirse del poder para ganar beneficios de forma inapropiada como coimas y privilegios. Con esta nueva premisa, se mantiene el resultado de que las personas más capaces y honestas se mantienen alejadas del servicio público y entre las personas menos capaces, habrá algunos honestos y otros no tan honestos que quieran ser funcionarios públicos y entre las personas más capaces solo los deshonestos estarán dispuestos serlo. Siendo realistas ¿No es más o menos este el escenario que tenemos en la actualidad? Bajarse los salarios suena romántico y desinteresado, pero ayuda poco o nada a mejorar las finanzas del Estado y en realidad no sirve de nada, cuando el funcionario público cuyo salario está siendo recortado gana múltiples veces eso a través de coimas y negociados oscuros. ¿Alguien duda que Evo Morales, Luis Arce o Nemesia Achacollo (por citar a algunos de una lista extensa) ganaron mucho más que sus sueldos mientras fueron funcionarios públicos? Podrían haberse bajado su sueldo a cero y no les habría hecho ninguna diferencia.

Si relajamos la segunda premisa, es decir, si asumimos algún grado de altruismo en quienes buscan la función pública, entonces tenemos la posibilidad de tener gente capacitada, dispuesta a ganar menos como servidores públicos, de lo que podrían ganar en la actividad privada. Aunque existen personas así, creo que son una minoría y no deberíamos apostar los destinos de la nación netamente en el altruismo y el sacrificio de las personas para llenar los cargos públicos. En general, los bajos salarios ahuyentan a los más capaces de la gestión pública, especialmente a los jóvenes que dependen de sus ingresos para construir su patrimonio. Un bajo salario puede no desanimar a una persona que ya tiene una riqueza importante y que puede vivir de sus rentas, pero repele a un profesional joven o de mediana edad que depende de su salario para ganarse la vida. Los bajos salarios repelen el talento y atraen a la mediocridad técnica y moral en la función pública. Los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce querían pagar bajos salarios porque no estaban interesados en la profesionalización de la función pública, sino en la lealtad al partido, y eso se logra mejor poniendo a gente mediocre que se sabe inferior a su responsabilidad y por tanto que debe estar agradecida y sumisa al jefe, y además dejándoles ganar por otro lado. Cuando leo que Rodrigo Paz ha decidido bajarse su salario y el de sus ministros no puedo evitar suponer que tal vez quiere lo mismo y que no le importa su salario, porque sus verdaderas ganancias en la función pública vienen por otro lado. 

Si queremos profesionalizar y elevar la calidad del servidor público, como también bajar la corrupción, el gobierno debe mejorar sustancialmente los salarios, y dejar de seguir apostando a la demagogia. 

Santa Cruz de la Sierra, 22/06/26

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martes, 16 de junio de 2026

El ubicuo sesgo ultraizquierdista

 Javier Paz García

Hace unos días le pregunté a un colombiano qué opinaba de los dos candidatos a la presidencia de su país. Me dijo que los dos candidatos eran de extremos, uno de extrema izquierda y otro de extrema derecha. Cuando indagué sobre las propuestas del candidato de “extrema derecha” me indicó que abogaba por que el Estado retome la seguridad y la lucha contra las guerrillas, que promueva la paz y el orden, y que permita a los ciudadanos trabajar. Le pregunté qué había de extremista en esas posturas y luego de pensarlo unos segundos me dijo que la verdad que nada. En la conversación posterior coincidimos en que la prensa y la opinión pública bombardea con ciertas etiquetas a quienes promueven ideas como el Estado de Derecho, las libertades individuales y la propiedad privada. Los epítetos de extrema derecha, ultraderecha, ultraliberal, etc. son frecuentes en los medios de prensa y redes sociales en un grado mucho mayor del que uno observa para candidatos catalogados de izquierda. Por ejemplo, veamos esta noticia, publicada el 31 de mayo en El Deber, un medio que difícilmente puede ser catalogado de izquierda, “El candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, y el izquierdista Iván Cepeda, del Pacto Histórico, diputarán en segunda vuelta la Presidencia de Colombia…” Según la nota, de la Espriella es de “ultraderecha” mientras que Cepeda es solo de izquierda. Podemos encontrar literalmente miles de casos similares a lo largo de todo el continente para referirse a candidatos como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, por citar algunos ejemplos, donde ellos son catalogados como adoleciendo alguna forma de extremismo, mientras que sus contrincantes no, de hecho, este no es solo un fenómeno latinoamericano, sino mundial. Y con frecuencia, cuando uno va más allá de las etiquetas e indaga en las propuestas, lo de extremista desaparece para el de la derecha y parece incluso más adecuado para el de izquierda, pero el periodismo actual adolece de análisis profundos y serios y en muchos casos se queda en el titular y el epíteto. Esto evidencia los sesgos y la falta de una mayor rigurosidad en el periodismo, como también, la penetración de las ideas antiliberales en el continente y en el mundo. 

Honestamente creo que muchos periodistas, no son siquiera conscientes de sus sesgos y repiten las etiquetas que escucharon de otros como le sucedió a mi amigo colombiano, y es que estamos inundados de lo que propiamente podemos catalogar como propaganda y lavado de cerebro. El problema es más profundo y no se limita al periodismo, por ejemplo, hace poco estuve en el museo de arte de São Paulo y en sus tres exhibiciones temporales había lo siguiente: 1) fotos de protestantes de izquierda en Chile, 2) La Chola Poblete, una "artista" argentina cuya temática era maldecir al capitalismo, y 3) Santiago Yahuarcani, quien pinta la explotación de los indios y la destrucción de la madre naturaleza en manos de los malvados blancos. La calidad estética de las exhibiciones no me pareció buena, pero ni soy la persona adecuada para juzgar tales cosas, ni es el propósito de esta nota discurrir sobre los méritos estéticos del arte contemporáneo, sino la permeación de las ideas antiliberales en el arte, las ciencias, la educación, el periodismo, etc. Cuando los niños de São Paulo son llevados al museo y lo que el museo tiene para mostrarles es casi exclusivamente una crítica del capitalismo, están recibiendo un lavado de cerebro, que continua en la escuela y sigue en la universidad, en redes sociales y medios de prensa. La propaganda antiliberal es ubicua, como el oxígeno, por eso muchos ni si quiera se dan cuenta cuan omnipresente está. Revertir este lavado de cerebro y profundizar en el debate de ideas es fundamental para reencauzar el rumbo de nuestras sociedades.    

Santa Cruz de la Sierra, 16/06/26

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domingo, 14 de junio de 2026

La fatal displicencia

Javier Paz García

A principios del siglo XX, Antonio Gramsci, uno de los más destacados intelectuales comunistas, decía que el verdadero poder no estaba en la fuerza, sino en las ideas. Es decir, los valores y creencias de una sociedad son los que determinan la forma de gobierno y quienes gobiernan. Por ejemplo, en la edad media, la legitimidad de las monarquías en Europa se basaba en la creencia de que los reyes eran puestos por el mismo Dios, por supuesto esta creencia era fomentada por los reyes y la Iglesia Católica. 

A principios del siglo XXI, el intelectual chileno Axel Kaiser publicó el libro La Fatal Ignorancia: la anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista. El libro tiene una tesis en esencia gramsciana: Chile desde Pinochet sentó las bases para una economía liberal que permitió el llamado milagro económico chileno. Esto generó una reducción significativa de la pobreza y la generación de mucha riqueza. Sin embargo, en el plano de las ideas, los liberales y los beneficiarios de una economía liberal, cedieron terreno a quienes promovían una sociedad colectivista y un estado antiliberal. Fruto de ello, los gobernantes y las políticas públicas en Chile, habían girado hacia más poder y discrecionalidad para el Estado, y menos libertad para los ciudadanos.  

El título La Fatal Ignorancia de Kaiser es un guiño al premio Nobel de economía y brillante exponente de la escuela austriaca, Friedrich A. Hayek, quien al final de su vida escribió La Fatal Arrogancia, donde hacía una crítica de quienes pensaban que es posible dirigir una economía planificada mejor de lo que puede hacerlo el libre mercado. Hayek también escribió Camino a la Servidumbre, luego de la II guerra mundial, advirtiendo de los riesgos de seguir el camino de planificación centralizada de la Unión Soviética que tanta admiración causaba y que, como indica el título, este era el camino a perder las libertades civiles y políticas de los individuos en la sociedad, el camino a la servidumbre. En un ejemplo de cómo las ideas importan, en 1945, Antony Fisher, un empresario inglés, leyó el libro de Hayek, quedó conmovido y lo buscó para entrar en política. Hayek lo disuadió de tal idea con un argumento gramsciano: le dijo que los políticos no son generadores de opinión, sino seguidores de opinión; los políticos hacen lo que la mayoría quiere, porque su objetivo es ganar elecciones y le sugirió más bien fundar un centro de pensamiento que trabaje en influenciar a la opinión pública. Fisher fundó el Institute of Economic Affairs, para promover las ideas de la libertad. Posteriormente Margaret Thatcher se nutrió de las ideas de este centro y como ella mismo dijo el IEA “creó el clima de opinión que hizo nuestra victoria posible”. Thatcher fue una lectora y seguidora de Hayek, quien puso en práctica muchas de sus ideas. Lo mismo se puede decir de la importancia de la Heritage Foundation en Estados Unidos para que Ronald Reagan llegue a la presidencia y pueda hacer las reformas que hizo. 

Las ideas importan, la batalla de las ideas importa y como muestra el ejemplo de Hayek, Fisher y Thatcher, la sociedad y los gobiernos que tengamos en 20 a 30 años, dependen de las ideas que sembremos hoy. Cómo corolario, lo que vivimos hoy es producto de lo que sembramos (o dejamos de sembrar hace 20 o 30 años). No trabajar e invertir en las ideas que conducen a la prosperidad y la libertad de los seres humanos es una fatal displicencia.

Santa Cruz de la Sierra, 14/06/26

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