sábado, 31 de octubre de 2026

Una vindicación de los jefes

 Javier Paz García

El internet está lleno de comparaciones caricaturescas entre líderes y jefes. Mientras el líder es una persona inspiradora, querida, honesta, sacrificada, que enseña y escucha a sus colaboradores y busca el bien mayor, el jefe es egoísta, roba méritos ajenos y es un mandamás a quien la gente le teme, etc. Hace poco di una charla a estudiantes de ingeniería industrial y les pregunté cuál era la diferencia entre líderes y jefes y respondieron en línea con lo que inunda las redes sociales mostrando a los líderes como buenos y a los jefes como malos. Luego les pregunté a qué aspiraban profesionalmente y una gran parte de ellos dijo que quisieran tener sus propias empresas. Quedaron sorprendidos cuando les indiqué que entonces aspiraban a tener gente bajo su cargo, es decir, a ser jefes, lo que, bajo su propia definición, los convertía en malas personas.

Definamos los conceptos de manera sencilla. Un jefe es alguien que tiene personas a su cargo dentro de una organización. Un líder es alguien que tiene iniciativa y hace que las cosas sucedan, alguien en quién la gente confía y está dispuesta a seguir. Ninguna de las definiciones implica un juicio de valor; es decir, una persona no es necesariamente buena o mala por ocupar o no estos roles. De igual manera es importante considerar que estas definiciones no son mutuamente excluyentes; alguien puede ser líder sin ser jefe, ser jefe sin ser líder y ser un jefe que también es un líder. Ojo sobre los juicios de valor que también hay malos líderes: gente muy inspiradora, de gran iniciativa, que causan daño con el poder de su influencia. Pienso por ejemplo en el reverendo Jim Jones, un pastor norteamericano que fundó una secta y logró que 917 de sus miembros se muden a una selva en Guyana donde posteriormente en 1978 los convenció de cometer un suicidio colectivo, incluidos alrededor de 200 niños. Si alguien puede persuadir a una madre y un padre de mudarse miles de kilómetros con su familia al medio de la nada y convencerlos de asesinar a sus propios hijos para luego suicidarse, entonces realmente es una persona inspiradora, con iniciativa y a quien la gente está dispuesta a seguir hasta las últimas consecuencias y sin embargo difícilmente podemos concluir que es una buena persona. Evo Morales ilusionó al país e incluso al mundo, ganó elecciones con los mayores márgenes de nuestra historia democrática reciente y tiene seguidores que están dispuestos a todo por él, es el político boliviano más importante de los últimos 30 años. Evo es indiscutiblemente un líder; también es un pedófilo bajo cuyo gobierno se socavaron los derechos humanos y las instituciones democráticas, y se saqueó al país. Menciono esto solo para que seamos más críticos y salgamos del simplismo dualista de los jefes son malos y los líderes son buenos. 

Los jefes son importantes en una organización, ya sea una empresa, una fundación sin fines de lucro o una iglesia. Tanto para dar estructura y dirección y que las cosas se ejecuten, como también para establecer el clima y la cultura. Según Daniel Goleman, entre el 50 y el 70% de la percepción de los colaboradores sobre el clima laboral depende de sus jefes. Y numerosos estudios entre ellos de la London School of Economics, MIT, Oxford, McKinsey indican que un mejor clima laboral contribuye a menor ausentismo, menor rotación, mayor satisfacción de los clientes, mayor rentabilidad, mayor salud y bienestar de los trabajadores. Entonces un buen clima laboral puede contribuir a clientes mejor atendidos, empleados más felices y sanos y empresas más rentables. ¡Los buenos jefes pueden contribuir a un mundo mejor! Un ejemplo concreto de esto es el caso de la planta NUMMI de General Motors que fabricaba vehículos y que era considerada la peor de toda la industria automotriz. En 1984 la planta pasó a ser administrada por Toyota bajo un joint venture y el ausentismo bajo de 20% a 2%, se acabaron los sabotajes y pasó a ser la mejor planta de GM. Lo extraordinario de esto es que tenía los mismos trabajadores, solo habían cambiado los jefes. Los jefes importan y pueden hacer una gran diferencia. 

Otra tendencia propia de estos tiempos de eufemismos y excesiva corrección política es evitar llamar a las cosas por su nombre y a los jefes no decirles jefes, sino líderes, coaches, lead, coordinador, habilitador, etc. y evitar llamar a los trabajadores y empleados, trabajadores y empleados, sino colaboradores, team member, asociados, etc. Desde lavar pisos o ser jardinero en mi universidad hasta ser gerente general de una empresa, he sido y sigo siendo un empleado y me siento orgulloso de todos mis trabajos y no entiendo por qué las palabras “empleado o trabajador” puedan tener una mala connotación. He tenido muchos jefes y sigo teniéndolos, de quienes he aprendido mucho por lo que les estoy agradecido y también soy jefe y desde mi posición intento ayudar, enseñar e inspirar a quienes dependen de mí. Y por cierto también yo dependo de ellos y aprendo de ellos. Creo que ser jefe es un privilegio, una gran responsabilidad y una oportunidad de impactar positivamente sobre otras personas y contribuir de manera concreta a un mundo mejor. Me parece que ser jefe es algo para sentirse orgulloso y no necesita de eufemismos.

Concluí la charla con los jóvenes universitarios diciéndoles que tampoco necesitan ser jefes para ser líderes. Quien ve una basura en el piso de su universidad y lo recoge, quien impulsa una colecta para un amigo enfermo, quien organiza un viaje de amigos a Samaipata, quien en su empresa propone mejoras, aunque no sean de su responsabilidad, quien se involucra en su comunidad para lograr cambios es un líder. Un líder es alguien que tiene iniciativa y hace que las cosas sucedan. Ser líder no depende de cargos. Todos tenemos el potencial de ser líderes y todos podemos ser líderes ahora, no importa la situación en la que estemos o el cargo que tengamos. 

Santa Cruz de la Sierra, 31/10/26

http://javierpaz01.blogspot.com/

domingo, 11 de octubre de 2026

¿Qué hacer con las empresas públicas?

 Javier Paz García

Las empresas públicas son un lastre para las finanzas públicas y una fuente de cuoteo y corrupción. El Estado debería deshacerse de ellas y propongo tres alternativas: 1) venderlas, 2) cerrarlas y vender sus activos y 3) transferirlas a los ciudadanos bolivianos.

Vender empresas no es fácil, ni rápido, hay subjetividad en la valuación y el proceso es susceptible a negociados secretos, favoritismo y corrupción. Incluso si el proceso es manejado de una manera idónea, es susceptible de ataques políticos de quienes no estén de acuerdo con la medida. Además, si una empresa pierde dinero, hay que sostener los costos operativos hasta que la empresa se venda, y los potenciales compradores van a tener reparos en comprar una empresa con déficit, con toda su planilla y pasivos. Tendría que venderse barato para que sea atractiva. 

Por lo anterior, y especialmente para empresas que pierden dinero, una mejor alternativa sería cerrarlas y luego vender sus activos. Al cerrar una empresa deficitaria, se reduciría inmediatamente parte del dinero que el Estado pierde diariamente simplemente por mantenerla abierta. Valuar activos separados, es más sencillo que valuar una empresa completa con cuentas por cobrar, con obligaciones laborales, con posibles pasivos ambientales y laborales, etc. Y vender activos por separado, es más fácil que vender una empresa completa. Por ejemplo, si una empresa pública tiene 3 terrenos en 3 departamentos del país, al cerrarla y vender sus activos se pueden hacer 3 ventas separadas, y si tiene equipos o maquinarias, también se pueden vender por separado, lo que agiliza la venta, mientras que si se vende como empresa, todo tendría que venderse junto. 

Una tercera alternativa sería devolver las empresas a sus supuestos dueños, los ciudadanos bolivianos. El artículo 339 de la Constitución Política del Estado estipula que: “Los bienes de patrimonio del Estado y de las entidades públicas constituyen propiedad del pueblo boliviano, inviolable, inembargable, imprescriptible e inexpropiable; no podrán ser empleados en provecho particular alguno.” Más allá de la retórica, en la realidad las empresas públicas son empleadas para el provecho particular de los gobernantes de turno y sus allegados y no generan beneficios al pueblo boliviano, sino altos costos. Las empresas que pierden plata son mantenidas con los impuestos que el Estado extrae a todos los bolivianos, para pagar los sueldos y los negociados de quienes mal manejan esas empresas. 

El Estado podría emitir acciones de las empresas y repartir una acción por empresa para cada ciudadano boliviano. Por supuesto habría que definir un criterio de reparto. Por ejemplo, dar a todos los bolivianos, o podría ser a todos los mayores de edad, en el entendido de que los menores, al no haber trabajado y por tanto, no haber aportado impuestos al Estado, no han contribuido al mantenimiento de dichas empresas. La Constitución establece que las empresas son del pueblo boliviano y tendría que haber un debate y una adecuación legal, sobre este punto. Con esta alternativa, no habría corrupción ni coimas en la venta de las empresas públicas ya se estaría entregando las empresas a quienes, según la constitución, son sus dueños. Análogamente se podría gestar la normativa para que la Bolsa Boliviana de Valores o una entidad análoga facilite el mercado de acciones de empresas, para que coticen en bolsa y cada ciudadano boliviano, ahora verdaderamente dueño de las empresas públicas, pueda decidir individualmente si vender sus acciones o comprar a otros y a qué precio. Esta alternativa permitiría que quienes no tienen interés en ciertas empresas, vendan sus acciones y quienes sí lo tienen, compren y manejen las empresas con criterios de eficiencia. Como corolario, se crearían los mecanismos para que otras empresas privadas puedan emitir acciones y transar en bolsa, mejorando los mercados de capital y permitiendo otro canal de ahorro e inversión para los ciudadanos.

Hoy la aerolínea BoA pierde plata. Los principales usuarios de BoA son las clases alta y media alta. ¿Es correcto que todo el pueblo boliviano subvencione a las clases altas? Hoy el Teleférico pierde plata. Los principales usuarios del Teleférico son los paceños y alteños. ¿Es correcto que todo el pueblo boliviano subvencione a los paceños y alteños? Bajo la venta de acciones, por ejemplo, los municipios de La Paz y El Alto podrían comprar las acciones de los ciudadanos bolivianos y convertirse en los mayores accionistas del Teleférico y así, estarían en su derecho de decidir si quieren que esa operación se maneje a pérdida o genere utilidad. 

La constitución dice que las empresas públicas son del pueblo boliviano. Si yo, como parte del pueblo boliviano, no tengo ningún control sobre las empresas públicas, no recibo ningún beneficio de ellas y más bien tengo que pagar más impuestos para mantenerlas y encima de todo, son manejadas como botines políticos y mecanismos de robo de quienes nos gobiernan, entonces lo que dice la constitución es una mentira. Lo más honesto sería que el Estado no tenga empresas públicas. 

Santa Cruz de la Sierra, 11/10/26

http://javierpaz01.blogspot.com/