sábado, 27 de junio de 2026

Sobre el nuevo régimen cambiario

 Javier Paz García

El gobierno de Rodrigo Paz nos tiene acostumbrados a hacer las cosas tarde y mal. Ayer cambió el régimen cambiario fijo y esta vez tampoco decepcionó. Una medida que debió tomarse a los días o semanas de asumir el gobierno, tardó lo que tarda un niño en gestarse y dar a luz. Con la medida el gobierno abandona el tipo de cambio fijo y permite un cambio flexible, pero fiel al estilo del gobierno de deslindarse de sus responsabilidades, pone la carga de la estabilidad cambiaria sobre las entidades de intermediación financiera (EIF) en vez de sobre quien por norma tiene que hacerlo: el Banco Central de Bolivia. Así como el presidente y capitán general del Estado Plurinacional de Bolivia, pidió a la población que salga y desbloquee, cuando es obligación del Estado y del gobierno constitucionalmente elegido hacerlo, hoy el Banco Central de Bolivia pretende traspasar la responsabilidad de la estabilidad cambiaria a los bancos privados, prohibiéndoles vender dólares por encima de los diez centavos del cambio oficial.

La resolución de directorio Nro. 88/2026 del Banco Central de Bolivia, casi está muy bien, pero está muy mal. Establece un reglamento de operaciones cambiarias que en esencia dice que tipo de cambio oficial será determinado por las operaciones que realice el sistema financiero. Eso está muy bien, y así se determina con leves variaciones de forma el tipo de cambio oficial en Brasil, Paraguay, Chile, Perú, Argentina, Estados Unidos, la Unión Europea y casi todo el mundo. Pero luego, para no dejar de ser un país bananero, introduce en su artículo 6 lo siguiente: 

Se denomina valor referencial de venta del USD al que resulte de sumar al TCO 10 centavos de boliviano. Las EIF no podrán vender USD por encima del valor referencial de venta.

Con este artículo el Banco Central elimina la libertad cambiaria en las entidades de intermediación financiera y de cierta forma pretende traspasar la responsabilidad de la estabilidad cambiaria a los bancos privados ¡Tal cual Arce Catacora! Omitiendo este artículo, la RD 88/2026 hubiera sido muy buena; su inclusión la hace muy mala. El actual gobierno no tenía más que copiar lo que hace cualquiera de nuestros vecinos para tener corregir el régimen cambiario, pero decidieron darle su toque folklórico y plurinacional. Y para ser justos, el nuevo régimen cambiario es mejor que lo que había antes, pero no es lo óptimo y pareciera que el gobierno de Rodrigo Paz no aspira a hacer las cosas bien, sino simplemente a ser un poco mejor que su antecesor.

Lo correcto sería que las personas, empresas y entidades financieras puedan pactar libremente el tipo de cambio, sin ninguna restricción y que el tipo de cambio oficial refleje la realidad del mercado y sirva como referente informativo y de ninguna manera coercitivo y obligatorio como lo han hecho. Un régimen de tipo de cambio libre no impide al gobierno participar en el mercado y manipularlo vendiendo o comprando monedas extranjeras: a riesgo de aburrir, reitero que así funciona en todo el mundo incluidos nuestros países cinco vecinos. Pero el gobierno no ha buscado adoptar mejores prácticas, sino que en esencia ha mantenido el paradigma del MAS de que el gobierno puede imponer el tipo de cambio oficial por la fuerza, con la variación de que ahora va a dejar que éste se mueva como máximo diez centavos por día. Curiosamente, el artículo 6 prohíbe a los bancos vender dólares por encima de los diez centavos del tipo de cambio oficial, pero no por debajo. Esto parece mostrar una preocupación por una depreciación acelerada del boliviano, y no por una apreciación. La depreciación de una moneda en el largo plazo proviene de la excesiva emisión monetaria del mismo Banco Central, por lo que el objetivo del artículo 6 parecería tener el objetivo de evitar, retrasar o paliar los efectos de la irresponsabilidad del mismo Banco Central. 

Santa Cruz de la Sierra, 27/06/26

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lunes, 22 de junio de 2026

La demagogia de los bajos salarios públicos

 Javier Paz García

Es casi obligatorio de cada aspirante a la presidencia de la nación denunciar los despilfarros de sus antecesores y prometer medidas de austeridad. Una de las favoritas es bajar los salarios de sus ministros y de sí mismo. ¿Cuáles son las consecuencias de pagar bajos salarios a los más altos funcionarios de la nación? Antes de responder a esta pregunta hagamos algunos supuestos. Establezcamos temporalmente dos premisas 1) Los aspirantes a funcionarios públicos son honestos y no van a robarle al Estado y 2) Las personas actúan de forma racional buscando su propio interés. La segunda premisa es un supuesto estándar de la ciencia económica y no significa para nada que una persona vaya a ser tramposa o deshonesta. En términos generales, todos buscamos nuestra propia mejora y bienestar, y esto es válido y de hecho deseable, siempre que se haga en el marco de la ética y la verdad, sin engañar ni estafar a otros. Si la primera premisa se cumple (algo que posteriormente pondremos en duda), el funcionario público no robará y por ende ganará solo su salario; luego, bajo la segunda premisa, un aspirante a funcionario público solo estaría dispuesto a serlo, si puede ganar lo mismo o más que en el mercado privado. Entonces, si para cierto nivel de talento, los salarios públicos son más bajos de lo que paga el sector privado, el Estado no podrá atraer dicho talento y tendrá que “reclutar” personas de menor capacidad que en el mercado privado no podrían ganar más de lo que ya ofrece el sector público. Bajo las premisas de que las personas son honestas, son racionales y buscan su propio interés, el resultado de los bajos salarios es excluir a los más capacitados del servicio público. 

Ahora relajemos la primera premisa, y supongamos que en la sociedad hay personas honestas y personas deshonestas que están dispuestas a servirse del poder para ganar beneficios de forma inapropiada como coimas y privilegios. Con esta nueva premisa, se mantiene el resultado de que las personas más capaces y honestas se mantienen alejadas del servicio público y entre las personas menos capaces, habrá algunos honestos y otros no tan honestos que quieran ser funcionarios públicos y entre las personas más capaces solo los deshonestos estarán dispuestos serlo. Siendo realistas ¿No es más o menos este el escenario que tenemos en la actualidad? Bajarse los salarios suena romántico y desinteresado, pero ayuda poco o nada a mejorar las finanzas del Estado y en realidad no sirve de nada, cuando el funcionario público cuyo salario está siendo recortado gana múltiples veces eso a través de coimas y negociados oscuros. ¿Alguien duda que Evo Morales, Luis Arce o Nemesia Achacollo (por citar a algunos de una lista extensa) ganaron mucho más que sus sueldos mientras fueron funcionarios públicos? Podrían haberse bajado su sueldo a cero y no les habría hecho ninguna diferencia.

Si relajamos la segunda premisa, es decir, si asumimos algún grado de altruismo en quienes buscan la función pública, entonces tenemos la posibilidad de tener gente capacitada, dispuesta a ganar menos como servidores públicos, de lo que podrían ganar en la actividad privada. Aunque existen personas así, creo que son una minoría y no deberíamos apostar los destinos de la nación netamente en el altruismo y el sacrificio de las personas para llenar los cargos públicos. En general, los bajos salarios ahuyentan a los más capaces de la gestión pública, especialmente a los jóvenes que dependen de sus ingresos para construir su patrimonio. Un bajo salario puede no desanimar a una persona que ya tiene una riqueza importante y que puede vivir de sus rentas, pero repele a un profesional joven o de mediana edad que depende de su salario para ganarse la vida. Los bajos salarios repelen el talento y atraen a la mediocridad técnica y moral en la función pública. Los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce querían pagar bajos salarios porque no estaban interesados en la profesionalización de la función pública, sino en la lealtad al partido, y eso se logra mejor poniendo a gente mediocre que se sabe inferior a su responsabilidad y por tanto que debe estar agradecida y sumisa al jefe, y además dejándoles ganar por otro lado. Cuando leo que Rodrigo Paz ha decidido bajarse su salario y el de sus ministros no puedo evitar suponer que tal vez quiere lo mismo y que no le importa su salario, porque sus verdaderas ganancias en la función pública vienen por otro lado. 

Si queremos profesionalizar y elevar la calidad del servidor público, como también bajar la corrupción, el gobierno debe mejorar sustancialmente los salarios, y dejar de seguir apostando a la demagogia. 

Santa Cruz de la Sierra, 22/06/26

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martes, 16 de junio de 2026

El ubicuo sesgo ultraizquierdista

 Javier Paz García

Hace unos días le pregunté a un colombiano qué opinaba de los dos candidatos a la presidencia de su país. Me dijo que los dos candidatos eran de extremos, uno de extrema izquierda y otro de extrema derecha. Cuando indagué sobre las propuestas del candidato de “extrema derecha” me indicó que abogaba por que el Estado retome la seguridad y la lucha contra las guerrillas, que promueva la paz y el orden, y que permita a los ciudadanos trabajar. Le pregunté qué había de extremista en esas posturas y luego de pensarlo unos segundos me dijo que la verdad que nada. En la conversación posterior coincidimos en que la prensa y la opinión pública bombardea con ciertas etiquetas a quienes promueven ideas como el Estado de Derecho, las libertades individuales y la propiedad privada. Los epítetos de extrema derecha, ultraderecha, ultraliberal, etc. son frecuentes en los medios de prensa y redes sociales en un grado mucho mayor del que uno observa para candidatos catalogados de izquierda. Por ejemplo, veamos esta noticia, publicada el 31 de mayo en El Deber, un medio que difícilmente puede ser catalogado de izquierda, “El candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, y el izquierdista Iván Cepeda, del Pacto Histórico, diputarán en segunda vuelta la Presidencia de Colombia…” Según la nota, de la Espriella es de “ultraderecha” mientras que Cepeda es solo de izquierda. Podemos encontrar literalmente miles de casos similares a lo largo de todo el continente para referirse a candidatos como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, por citar algunos ejemplos, donde ellos son catalogados como adoleciendo alguna forma de extremismo, mientras que sus contrincantes no, de hecho, este no es solo un fenómeno latinoamericano, sino mundial. Y con frecuencia, cuando uno va más allá de las etiquetas e indaga en las propuestas, lo de extremista desaparece para el de la derecha y parece incluso más adecuado para el de izquierda, pero el periodismo actual adolece de análisis profundos y serios y en muchos casos se queda en el titular y el epíteto. Esto evidencia los sesgos y la falta de una mayor rigurosidad en el periodismo, como también, la penetración de las ideas antiliberales en el continente y en el mundo. 

Honestamente creo que muchos periodistas, no son siquiera conscientes de sus sesgos y repiten las etiquetas que escucharon de otros como le sucedió a mi amigo colombiano, y es que estamos inundados de lo que propiamente podemos catalogar como propaganda y lavado de cerebro. El problema es más profundo y no se limita al periodismo, por ejemplo, hace poco estuve en el museo de arte de São Paulo y en sus tres exhibiciones temporales había lo siguiente: 1) fotos de protestantes de izquierda en Chile, 2) La Chola Poblete, una "artista" argentina cuya temática era maldecir al capitalismo, y 3) Santiago Yahuarcani, quien pinta la explotación de los indios y la destrucción de la madre naturaleza en manos de los malvados blancos. La calidad estética de las exhibiciones no me pareció buena, pero ni soy la persona adecuada para juzgar tales cosas, ni es el propósito de esta nota discurrir sobre los méritos estéticos del arte contemporáneo, sino la permeación de las ideas antiliberales en el arte, las ciencias, la educación, el periodismo, etc. Cuando los niños de São Paulo son llevados al museo y lo que el museo tiene para mostrarles es casi exclusivamente una crítica del capitalismo, están recibiendo un lavado de cerebro, que continua en la escuela y sigue en la universidad, en redes sociales y medios de prensa. La propaganda antiliberal es ubicua, como el oxígeno, por eso muchos ni si quiera se dan cuenta cuan omnipresente está. Revertir este lavado de cerebro y profundizar en el debate de ideas es fundamental para reencauzar el rumbo de nuestras sociedades.    

Santa Cruz de la Sierra, 16/06/26

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domingo, 14 de junio de 2026

La fatal displicencia

Javier Paz García

A principios del siglo XX, Antonio Gramsci, uno de los más destacados intelectuales comunistas, decía que el verdadero poder no estaba en la fuerza, sino en las ideas. Es decir, los valores y creencias de una sociedad son los que determinan la forma de gobierno y quienes gobiernan. Por ejemplo, en la edad media, la legitimidad de las monarquías en Europa se basaba en la creencia de que los reyes eran puestos por el mismo Dios, por supuesto esta creencia era fomentada por los reyes y la Iglesia Católica. 

A principios del siglo XXI, el intelectual chileno Axel Kaiser publicó el libro La Fatal Ignorancia: la anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista. El libro tiene una tesis en esencia gramsciana: Chile desde Pinochet sentó las bases para una economía liberal que permitió el llamado milagro económico chileno. Esto generó una reducción significativa de la pobreza y la generación de mucha riqueza. Sin embargo, en el plano de las ideas, los liberales y los beneficiarios de una economía liberal, cedieron terreno a quienes promovían una sociedad colectivista y un estado antiliberal. Fruto de ello, los gobernantes y las políticas públicas en Chile, habían girado hacia más poder y discrecionalidad para el Estado, y menos libertad para los ciudadanos.  

El título La Fatal Ignorancia de Kaiser es un guiño al premio Nobel de economía y brillante exponente de la escuela austriaca, Friedrich A. Hayek, quien al final de su vida escribió La Fatal Arrogancia, donde hacía una crítica de quienes pensaban que es posible dirigir una economía planificada mejor de lo que puede hacerlo el libre mercado. Hayek también escribió Camino a la Servidumbre, luego de la II guerra mundial, advirtiendo de los riesgos de seguir el camino de planificación centralizada de la Unión Soviética que tanta admiración causaba y que, como indica el título, este era el camino a perder las libertades civiles y políticas de los individuos en la sociedad, el camino a la servidumbre. En un ejemplo de cómo las ideas importan, en 1945, Antony Fisher, un empresario inglés, leyó el libro de Hayek, quedó conmovido y lo buscó para entrar en política. Hayek lo disuadió de tal idea con un argumento gramsciano: le dijo que los políticos no son generadores de opinión, sino seguidores de opinión; los políticos hacen lo que la mayoría quiere, porque su objetivo es ganar elecciones y le sugirió más bien fundar un centro de pensamiento que trabaje en influenciar a la opinión pública. Fisher fundó el Institute of Economic Affairs, para promover las ideas de la libertad. Posteriormente Margaret Thatcher se nutrió de las ideas de este centro y como ella mismo dijo el IEA “creó el clima de opinión que hizo nuestra victoria posible”. Thatcher fue una lectora y seguidora de Hayek, quien puso en práctica muchas de sus ideas. Lo mismo se puede decir de la importancia de la Heritage Foundation en Estados Unidos para que Ronald Reagan llegue a la presidencia y pueda hacer las reformas que hizo. 

Las ideas importan, la batalla de las ideas importa y como muestra el ejemplo de Hayek, Fisher y Thatcher, la sociedad y los gobiernos que tengamos en 20 a 30 años, dependen de las ideas que sembremos hoy. Cómo corolario, lo que vivimos hoy es producto de lo que sembramos (o dejamos de sembrar hace 20 o 30 años). No trabajar e invertir en las ideas que conducen a la prosperidad y la libertad de los seres humanos es una fatal displicencia.

Santa Cruz de la Sierra, 14/06/26

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sábado, 16 de mayo de 2026

Las paradojas del nuevo gobierno

Javier Paz García

En esta tragicomedia llamada Bolivia hay más paradojas de las que un dramaturgo pudiera haber inventado. El nuevo gobierno de Rodrigo Paz ganó las elecciones con el voto de quienes tradicionalmente habían votado por el MAS, con la misión de revertir el sistema y el desastre que el MAS había instituido por casi 20 años. Una vez en el gobierno, su base de apoyo fueron los sectores que no votaron por él a tal punto que muchos de quienes votaron por Paz Pereira hoy piden su renuncia y quienes no votaron por él, cruzamos los dedos por su continuidad. El mayor opositor del gobierno está en el propio gobierno en la figura del vicepresidente lo que confirma la naturaleza cómica (folklórica, diría mi abuela) de este país. 

Las paradojas no acaban ahí. Hay a quienes no les entusiasma a este gobierno y sin embargo están dispuesto a defenderlo con uñas y dientes. Permítanme elaborar sobre este punto. Bolivia corría el riesgo de quedar atrapada en la pseudo dictadura masista, como le sucedió a Venezuela, por ejemplo. Entonces la llegada de un gobierno no masista despertó mucha esperanza en la población. El régimen del MAS fue tan desastroso, que la vara que dejó es muy baja, y sin embargo el nuevo gobierno de Rodrigo Paz es tan inepto, tibio e inoperante, que para muchos, no pasa la vara… y sin embargo aunque no nos guste, hay que apoyarlo y rogar que le vaya bien, porque la alternativa de su vicepresidente o incluso de elecciones anticipadas no es mejor. En política, desde la perspectiva del ciudadano elector, casi nunca es lo que uno quiere, sino lo que hay vs. la alternativa. Hoy la alternativa a un gobierno de Rodrigo Paz, es peor que el desgobierno de Rodrigo Paz, entonces, no queda más que apuntalarlo y defenderlo, a pesar de que no nos guste. Y he ahí la paradoja, un gobierno que a estas alturas entusiasma a pocos, pero tiene el apoyo de muchos (porque no nos queda más).

Entender las razones por las cuales el nuevo gobierno ha perdido el entusiasmo de la gente da para mucha tinta, pero pienso en algunas que no dejan de tener su toque paradójico. La crisis económica es real y aguda y requiere medidas inmediatas y profundas. El gobierno de Paz Pereira lo entendía así, o por lo menos así lo anunció antes de asumir y luego cuando asumió actuó con la pachorra de un país que va viento en popa y dijo que después de las elecciones subnacionales habría reformas y se empezaría a trabajar y todavía parece que no se enteran que el país está en crisis. Lo único destacable es un ajuste parcial de la subvención del combustible, porque hay que dejar claro que el modelo y la subvención nunca se eliminaron. Hoy tendrían que hacer otro ajuste y les es difícil por un problema que ellos mismos generaron comprando combustible de mala calidad (tratando de culpar al MAS de sus chambonadas o picardías). No eliminan el tipo de cambio oficial, pero publican el paralelo. Las tres principales fuerzas políticas  tienen cerca del 90% de la representación parlamentaria, en teoría deberían estár 90% de acuerdo entre sí, en la práctica no se ponen de acuerdo en nada y es irrisorio lo que han podido avanzar en cuanto a leyes, por lo que es mucho soñar pensar en una reforma constitucional. Un poder legislativo en manos de quienes fueran oposición al MAS, está trabado como si el MAS tuviera el 50% y tenemos cosas inexplicables como un Tuto por momentos apoyando a Lara. El gobierno no pasa leyes, pero anuncia que las hará, e incluso ha innovado en el marketing de anuncios de anuncios: se ha especializado en anunciar que pronto anunciará nuevos anuncios. Y así podríamos seguir con situaciones que hacen que uno quiera arrancarse los pelos de la cabeza.

El nuevo gobierno está en la inenvidiable situación de que genera entusiasmo en pocos y en la envidiable situación de que para la mayoría de la gente no hay otra alternativa (cómo quien dice de su pareja, mi peor es nada). No olvido una frase que tenía el teatro de mi colegio Marista: “El drama existe en la vida antes que en la escena”. Con todo lo que pasa en Bolivia, no hace falta inventarse historias para reír o para llorar.

Santa Cruz de la Sierra, 16/05/26

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viernes, 10 de abril de 2026

El tipo de cambio y las tarjetas de crédito

 Javier Paz García

El gobierno de Rodrigo Paz ha anunciado que las tarjetas de crédito podrán ser usadas para compras en el exterior usando el tipo de cambio referencial publicado por el Banco Central de Bolivia y que actualmente ronda los Bs. 9 por dólar, mientras mantiene que el tipo de cambio oficial en Bolivia es Bs. 6,96. Con esto, el nuevo gobierno, se mantiene en la misma línea de incongruencias del MAS y a pesar de la retórica de eliminar el Estado tranca, sigue siendo una tranca y sigue manteniendo el centralismo y la sobre regulación de la economía. Explico por qué. 

El tipo de cambio es simplemente un precio, es el precio que uno paga en una moneda, para adquirir otra moneda. Así como uno paga tantos bolivianos, para comprar un kilo de tomates o un litro de leche, o una computadora, también comprar un dólar cuesta cierta cantidad de bolivianos. El mejor mecanismo que existe para fijar el precio del tomate es el mercado, donde la competencia entre productores de tomate por vender su mercancía y de los consumidores por comprarla, regula de forma dinámica la producción y el precio del tomate. Tanto quienes venden, como quienes compran tomate, no necesitan que el Estado les diga a qué precio está este alimento; no necesitan que el Estado publique diariamente el precio del tomate para tomar sus decisiones de compra y venta. Doy este ejemplo, porque muchas personas creen que de alguna manera estaríamos perdidos si el Estado no publicara el tipo de cambio y que cada banco haría lo que quisiera. Pero las mismas fuerzas de mercado que regulan el precio del tomate y de todos los bienes y servicios en la economía, también funcionan para el precio de una moneda en términos de otra y lo mejor que puede hacer el Estado es no intervenir. De hecho, la noción misma de un tipo de cambio oficial es propia de países bananeros y tercermundistas como Bolivia; por ejemplo, en Europa no hay un tipo de cambio oficial entre el dólar y el euro definido por un Banco Central, sino un tipo de cambio de mercado que puede fluctuar diariamente y cada banco o casa de cambio, define en base a las condiciones de mercados, en cuanto vende sus dólares o sus euros, de la misma manera en que una casera define a qué precio vende sus tomates. Y de hecho en Bolivia hemos vivido los últimos años con un tipo de cambio de mercado, sin que el Estado publique nada y sin que se acabe el mundo, pero en algo análogo al síndrome de Estocolmo, la misma señora que compra tomates sin consultarle el precio al Estado, siente que estaría perdida si no hay un tipo de cambio oficial; hemos vivido tanto tiempo bajo un Estado centralista que algunos creen que estarían perdidos sin su guía y sabiduría. 

Reitero que un país no necesita que su gobierno tenga un tipo de cambio oficial; el gobierno de Estados Unidos no publica un tipo de cambio oficial que los bancos están obligados a usar, como tampoco lo hace la Unión Europea, ni Suiza, y cuando un suizo, viaja a otro país y usa su tarjeta de crédito para hacer una compra en dólares, su banco le cobra en francos suizos, utilizando un tipo de cambio de mercado, sin que intervenga el Estado. La publicación de un tipo de cambio de mercado por parte del gobierno es un ejercicio inútil, y si los gobernantes creen que agrega mucho valor, se engañan como se engaña el gallo que cree que por su canto sale el sol cada mañana. Pero el gobierno boliviano no solo publica el tipo de cambio oficial sino que también lo impone y con ello comete un acto de abuso y si además dista sustancialmente del tipo de cambio de mercado, comete un acto de fraude, de falsedad. El nuevo gobierno, en vez de acabar con la farsa del tipo de cambio oficial y permitir que el mercado haga su trabajo, lo mantiene y también publica otro tipo de cambio llamado eufemísticamente “referencial”. Con ello sigue en la misma lógica del MAS de regular al sector privado (en este caso los bancos), diciéndoles qué tipo de cambio deben usar, qué comisiones deben cobrar, poniendo bandas de uso de tarjetas de débito para solucionar un problema que el mismo gobierno creó precisamente por mantener un tipo de cambio mentiroso. Los bancos quieren ganar dinero, y para ello necesitan dar servicios como por ejemplo el uso de tarjetas de crédito en el exterior. Si recortaron ese servicio, fue porque el Estado boliviano los obligaba a cobrar un dólar a 6,96 a los usuarios de tarjetas de crédito, cuando los bancos tenían que comprar ese dólar a un valor superior. Todo lo que tenía que hacer el Estado era acabar con la imposición de un tipo de cambio oficial y en cuestión de días, los bancos, por un normal ánimo de lucro, iban a volver a abrir el uso de tarjetas de crédito para pagos en el exterior. En vez del eso, el gobierno de Rodrigo Paz, nos da más del MAS, manteniendo la línea filosófica izquierdista de que es el Estado quien da soluciones a los problemas de la gente con sus anuncios grandilocuentes, obligando a los bancos a abrir el uso de tarjetas de crédito y débito en el exterior, imponiéndoles controles de precios y sobre-regulándolos, mientras mantiene el pecado original del tipo de cambio oficial.   

Santa Cruz de la Sierra, 10/04/26

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