domingo, 19 de julio de 2026

¿El régimen cambiario puede estabilizar el tipo de cambio?

 Javier Paz García

En la prensa y en las conversaciones cotidianas existe un debate sobre si el nuevo régimen cambiario flexible contribuirá o no a la estabilidad del tipo de cambio y de los precios. Para responder a esta pregunta, primero debemos entender cómo se determina el tipo de cambio en una economía libre.

El tipo de cambio es, simplemente, un precio. De la misma manera que para comprar un kilo de tomates necesitamos, por ejemplo, Bs 4 y decimos que su precio es Bs 4, para comprar un dólar hoy necesitamos Bs 10; por lo tanto, el tipo de cambio es de Bs 10 por dólar. Es, en definitiva, un precio más dentro del mercado y, como tal, responde a los mismos principios generales que determinan el valor de cualquier otro bien.

En una economía libre, los precios se determinan por la oferta y la demanda. En igualdad de condiciones (ceteris paribus), cuando aumenta la cantidad disponible de un bien, su precio tiende a disminuir; cuando escasea, tiende a aumentar. Si una cosecha excepcional inunda el mercado de tomates, su precio cae; si la producción disminuye, el precio sube. Las monedas, desde el dólar estadounidense hasta el sol peruano, también están sujetas a estas mismas fuerzas, que en el largo plazo determinan su valor.

Sin embargo, las monedas tienen características que las distinguen del resto de los bienes. Dos son especialmente relevantes para este análisis. En primer lugar, sirven como unidad de cuenta: expresamos el precio de un corte de cabello en bolivianos y decimos que cuesta Bs 40, no diez kilos de tomates. En segundo lugar, la oferta de una moneda depende de la autoridad que la emite. Mientras que la producción de tomates responde a decisiones descentralizadas de miles de productores, la cantidad de dinero depende del gobierno y su política monetaria. Cuando la cantidad de dinero aumenta de manera sostenida más rápido que la demanda por mantenerlo, su poder adquisitivo tiende a disminuir. Como el dinero es la unidad con la que medimos el valor de todos los bienes y servicios, lo que observamos es un aumento generalizado de los precios: eso es la inflación.

Un ejemplo simplificado ayuda a ilustrar el mecanismo. Si en una economía existen únicamente diez tomates y Bs 10, cada tomate costará Bs 1. Si la autoridad monetaria introduce Bs 5 adicionales sin que aumenten los tomates, ahora habrá Bs 15 para comprar los mismos diez tomates, por lo que cada uno costará Bs 1,50. Este ejemplo omite muchos factores presentes en una economía real, pero permite entender el principio básico. Por esto, el Nobel de economía, Milton Friedman afirmaba que la inflación es "siempre y en todo lugar un fenómeno monetario". Cuando la oferta monetaria crece persistentemente por encima de la producción de bienes y servicios, el dinero pierde valor frente a ellos. Ese mismo proceso también se refleja frente a otras monedas: cuando aumenta el precio del dólar en moneda nacional hablamos de depreciación —o, en determinados contextos, de devaluación—. Aunque ambos conceptos tienen diferencias técnicas, para los fines de este análisis reflejan una misma pérdida de valor de la moneda doméstica.

Si aceptamos que la expansión monetaria persistente es la principal causa tanto de la inflación como de la depreciación en el largo plazo, la estabilidad de ambas requiere una política monetaria consistente. Sin embargo, limitar la emisión suele ser políticamente difícil cuando el Estado enfrenta déficits fiscales elevados, ya que la creación de dinero constituye una fuente de financiamiento relativamente accesible.

Desde esta perspectiva, el régimen cambiario —sea fijo, administrado o flexible— tiene una influencia mucho menor sobre el valor de la moneda que la política fiscal y monetaria que lo sustenta. En el corto plazo, un gobierno puede utilizar diversas herramientas para influir sobre la cotización del dólar; pero si no corrige el desequilibrio fiscal que impulsa la expansión monetaria, esos instrumentos solo postergan el ajuste y, en algunos casos, pueden generar distorsiones adicionales.

Por ello, la decisión de eliminar la represión cambiaria y permitir una mayor flexibilidad del tipo de cambio va en la dirección correcta, aunque no porque vaya a estabilizar el dólar por sí misma. Su principal virtud es que reduce distorsiones, mejora la asignación de recursos y hace más transparente el funcionamiento del mercado cambiario. Sin embargo, mientras no se resuelva el problema fiscal y monetario de fondo, ningún régimen cambiario podrá garantizar una moneda estable.

Santa Cruz de la Sierra, 19/07/26

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domingo, 12 de julio de 2026

El gobierno no devaluó; eliminó el control de precios

 Javier Paz García

Los controles de precios están bien estudiados en las ciencias económicas y existen numerosos casos documentados a lo largo de la historia. La teoría señala que cuando el Estado impone un precio por debajo de su nivel de equilibrio y logra hacer cumplir esa medida, la consecuencia inevitable es una contracción de la producción, un exceso de demanda frente a la oferta y, por ende, la aparición de colas y listas de espera. En la práctica, a menudo se forman mercados paralelos, lo que reduce al mínimo o desaparece el comercio por los canales formales sujetos a la regulación, mientras florecen los canales informales. Por esta razón, los controles casi siempre fracasan en su objetivo de evitar la inflación e, incluso, resultan contraproducentes.

La historia está llena de ejemplos: desde el Edicto de Diocleciano en el Imperio Romano, pasando por el control de alquileres en la Nueva York actual, hasta la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial. El caso alemán es particularmente interesante. El economista Ludwig Erhard, quien fungía como director de asuntos económicos de la zona de ocupación anglo-estadounidense, emitió un decreto de eliminación de controles de precios un domingo. Aprovechó deliberadamente el día no laboral para que sus jefes —los militares de Estados Unidos e Inglaterra a cargo de la ocupación, quienes se oponían firmemente a la medida— no tuvieran tiempo de reaccionar hasta el día siguiente. El lunes, los bienes empezaron a aparecer “milagrosamente” en los estantes, el mercado negro se extinguió y comenzó lo que el mundo denominaría “el milagro económico alemán”.

En Bolivia, desde el 2023 hasta junio de 2026, experimentamos un control en el precio de un bien en particular: el dólar americano. La consecuencia fue exactamente la misma que predice la teoría y demuestra la historia: el desabastecimiento de los mercados formales y la formación de circuitos paralelos. A partir de ese año, nadie volvió a depositar dólares en el sistema financiero ni a venderlos a la cotización oficial de 6,96, a pesar de que existían millones de compradores dispuestos a adquirirlos a ese valor. Los actores económicos encontraron mecanismos para operar a precios de mercado; los bancos, por ejemplo, realizaban su ajuste a través de la tasa de giro.

Hago aquí una digresión, ya que algunas personas podrían interpretar que el sector financiero actuó de mala fe. Al contrario: si los bancos no hubieran logrado transaccionar divisas a valores reales de mercado, simplemente habrían dejado de participar en él, provocando peores consecuencias para los exportadores e importadores que necesitaban esos dólares. Se escucha a mucha gente quejar y satanizar a los bancos porque obtuvieron altas ganancias de estas operaciones. Sin embargo, ellos no son los culpables de las distorsiones e ineficiencias, sino el Estado que impuso una normativa impracticable.

Antes de 2023, Bolivia también operaba con un tipo de cambio fijo, pero no sufría un control de precios del dólar. Esta es una diferencia conceptual fundamental que me parece que muchos, incluso economistas, no tienen clara. Hasta antes de febrero de 2023, el tipo de cambio se mantenía en 6,96 porque el Estado boliviano estaba dispuesto a entregar dólares a ese valor a cualquiera que lo requiriera. El Estado definía el valor de la moneda a través de mecanismos del propio mercado utilizando las reservas internacionales para sostener su política cambiaria, pero no existía un control de precios desde la perspectiva de la ciencia económica. Cualquiera podía vender y comprar dólares a cualquier cotización, pero por supuesto nadie en su sano juicio iba a comprar a tasas superiores a 6,96 si había un actor (el Estado) que ofrecía ese precio a quien lo requiriera. En este sentido, el tipo de cambio, aunque era fijo, era libre, en el sentido en que no estaba sujeto a ningún control de precios. El mecanismo usado por el gobierno para mantener el tipo de cambio fijo, era un mecanismo de mercado. 

A partir de febrero de 2023, el Estado dejó de ofertar dólares en las cantidades demandadas, pero mantuvo por ley la obligación de transaccionar a 6,96, prohibiendo el uso de cualquier otra cotización. En ese momento, el tipo de cambio, que seguía siendo fijo, dejó de ser libre para imponerse por ley, se le impuso un control de precios. Y pasó lo que usualmente pasa con los controles de precios: desabastecimiento del mercado formal y aparición de mercados paralelos. Es mentira que no había dólares, es verdad que no había dólares a 6,96.  

Cuando en junio de 2026 el gobierno de Bolivia eliminó el régimen de tipo de cambio fijo y migró a uno variable con una cotización inicial de Bs. 9,73 por dólar, formalmente devaluó la moneda en un 39,8%. Sin embargo, en la economía real, los mercados ya operaban con tipos de cambio cercanos a los Bs. 10. Bajo el esquema anterior, un importador que pagaba un dólar real por su producto se veía obligado a registrarlo contablemente bajo el absurdo de un tipo de cambio oficial ficticio. Lo mismo ocurría con un exportador que por ejemplo compraba soya en el mercado local a $us 400 al oficial y luego la vendía en el mercado exterior a $us 300 reales; contablemente registraba una pérdida de $us 100 dólares en la operación que se compensaba con una ganancia en la cuenta de diferencia por tipo de cambio. Esta brecha cambiaria generaba severas distorsiones en la contabilidad corporativa, pero no en los precios reales, los cuales ya dependían del tipo de cambio paralelo (al menos para los bienes transables). Existe un amplio debate académico sobre las ventajas y desventajas de diferentes regímenes cambiarios; en cambio hay un enorme consenso sobre la ineficacia de los controles de precios y pocos economistas serios los sugerirían. El 29 de junio el gobierno formalmente devaluó la moneda; sin embargo, en la realidad económica no hubo tal devaluación, porque está ya se había dado; lo que sí hizo fue eliminar el control de precios sobre los dólares.

Santa Cruz de la Sierra, 12/07/26

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domingo, 5 de julio de 2026

Consecuencias de la unificación cambiaria

Javier Paz García

Luego de casi dos décadas, el gobierno cambió la política cambiaria de fija a variable y el tipo de cambio oficial se fue de 6,96 a 9,73. Mucha gente se pregunta si esto es una devaluación y si va a generar inflación. La respuesta corta es que técnicamente sí es una devaluación, pero en la realidad, la devaluación se dio desde el momento en que el Banco Central dejó de ofrecer dólares a 6,96 el año 2023 y el dólar empezó a subir en el mercado. La devaluación ya se había dado en la realidad y el ajuste actual tiene un pequeño impacto en la inflación, principalmente en los costos aduaneros, impacto que ha sido paliado por la reducción de aranceles dispuesta por el gobierno. Un ejemplo sencillo puede ayudar a ilustrar el caso: si un producto importado debe venderse por un dólar para cubrir todos sus costos, entonces si el dólar en el mercado cotizaba a 6,96, ese producto se vendía a Bs. 6,96. Cuando costaba Bs. 14 conseguir un dólar, el producto se vendía a Bs. 14. Es irrelevante el tipo de cambio oficial, si no es posible conseguir dólares a ese tipo de cambio; el tipo de cambio relevante es el que tiene que pagar un importador para comprar su mercadería, es decir, el de mercado. Por ello, cuando el mercado cotizaba al dólar en Bs. 14 o más, vimos muchos productos importados duplicar en valor en relación a la moneda local y cuando el dólar bajó, los productos importados también bajaron de precio. Entonces para el bolsillo de la gente, lo que cuenta es el dólar en el mercado real y no una imposición del gobierno sin sustento en la realidad económica. Lo que sí vamos a ver con la unificación cambiaria es un ajuste en la denominación de precios y no en los precios reales. Demos el ejemplo de un vehículo que cuesta 10.000 dólares. Con el cambio real a 6,96 ese vehículo se vendía por Bs. 69.600; con un dólar real a 10, ese vehículo pasó a venderse por Bs. 100.000. El aumento de precios vino por la devaluación del boliviano en el mercado, aunque el tipo de cambio oficial seguía fijo. Hasta hace poco ese vehículo tenía que tener un precio de 14 mil dólares al tipo de cambio oficial, por eso veíamos ofertas de un mismo producto que se vendía a 14 mil dólares oficiales o 10 mil USDT; son el mismo precio. Con la unificación cambiaria y en la medida en que el tipo de cambio oficial refleje la realidad, los precios se podrán denominar en dólares y formas alternativas para denominar precios, como stablecoins, disminuirán. Ese vehículo que antes se ofrecía en 14 mil dólares, hoy se ofrecerá en 10 mil y en ambos casos seguirán siendo los mismos Bs. 100.000. El ajuste del tipo de cambio oficial, no genera inflación; la inflación se genera cuando el tipo de cambio real de mercado aumenta.

Un efecto de ajustar el tipo de cambio oficial a los niveles de mercado es de naturaleza contable: las transacciones en dólares y los balances de las empresas van a volver a reflejar la realidad, sin la distorsión de un tipo de cambio arbitrario y falso. Este efecto no es menor ya que tiene impacto en los contratos de compraventa, alquileres, créditos denominados en dólares. Para una empresa importadora que vendía sus productos a crédito en dólares, la distorsión y diferencia entre el tipo de cambio real y el oficial hacía altamente riesgoso y casi inviable dar créditos. Con la unificación cambiaria podemos esperar una reactivación de ese tipo de créditos.  

La unificación cambiaria arregla los precios para el futuro, pero genera una distorsión en los contratos en dólares vigentes al momento del ajuste. Si antes de la distorsión un producto se vendía por 1 dólar, con la distorsión tenía que denominarse en 1,4 dólares (1,4x6,96 ≈Bs. 10). Ahora, con un tipo de cambio oficial a alrededor de 10, ese producto pasa a costar Bs. 14. Claramente el vendedor ya había puesto su margen al ofrecer su producto a Bs. 10; legalmente tiene el derecho de cobrar los Bs. 14 al nuevo tipo de cambio (1,4x≈10), pero comercial y éticamente puede no ser lo correcto y tendrá que haber una negociación entre partes; habrá casos en los que corresponda hacer un ajuste y tal vez algunos donde no. Este problema es inevitable en la transición, no afecta a los contratos denominados en bolivianos y desaparece una vez se liquiden los contratos antiguos denominados en dólares. 

Un contrato vigente, donde más bien, no debería haber ajustes es precisamente en la custodia de dólares. Cuando un dólar valía 6,96, muchos depositantes dieron dólares a los bancos y éstos a su vez se los dieron al Estado. Los últimos años el boliviano se depreció, y un dólar valía más de 6,96, pero los bancos no pagaban más de eso a sus depositantes. Esto generó un perjuicio para los depositantes. Depositantes que entregaron 1 dólar, recibían sustancialmente menos si querían retirar esos depósitos. Y quiero aclarar que la culpa de esta situación no era de los bancos, sino del Estado que obligaba a las entidades financieras (y a todos) a valuar los dólares a un tipo de cambio incorrecto. Esta distorsión hizo que la gente no deposite sus dólares al sistema financiero y también hizo inviable el uso de tarjetas de crédito en el extranjero, por nombrar algunas consecuencias negativas. Revertir la medida no hace que inmediatamente vuelvan los depósitos en dólares al sistema financiero, porque se rompió la confianza y eso no es tan fácil de recuperar, pero es un paso imprescindible hacia la normalización. 

Hay quienes dicen que no era el momento ajustar el tipo de cambio oficial, que antes se necesitaba hacer otras cosas como por ejemplo ajustar el déficit o tener más reservas. Es cierto que el déficit fiscal es un problema serio y hay que encararlo, pero no veo cuál es la razón por la que se tiene que hacer primero, otra que intereses políticos de buscar criticar al gobierno por lo que haga y por lo que no haga. Con relación a las reservas internacionales, no es imprescindible que el gobierno tenga reservas para dejar flotar el tipo de cambio, de hecho, los gobiernos dejan los tipos de cambio fijos precisamente cuando se les acaban las reservas para defenderlos. La noción de que si el gobierno dejaba flotar el tipo de cambio oficial sin tener reservas, el tipo de cambio se podría subir al infinito (así escuché decir a más de uno), es equívoca también, porque en la calle ya operaba un tipo de cambio que reflejaba las fuerzas del mercado y que por definición, estaba en equilibrio. La unificación cambiaria simplemente reconoce la realidad: el Estado dejó de ser el avestruz que mete su cabeza en un pozo para negar algo innegable. Ajustar el tipo de cambio a la realidad es ir de una mentira a la verdad. Reconocer la verdad es algo positivo y mejor mientras más pronto se hace. 

El único error que veo en la medida del gobierno es la imposición de que nadie puede cambiar por encima de los 10 centavos del tipo de cambio oficial. Esta medida en esencia mantiene la política coercitiva del gobierno de Arce y tiene como consecuencia que en momentos de volatilidad, el tipo de cambio oficial no reflejará la realidad del mercado, los actores económicos buscarán alternativas y no usarán el tipo de cambio oficial para transar sus dólares, el ministro de economía y el presidente del banco central serán policías persiguiendo y amenazando a librecambistas y entidades financieras, la gente no va a poner dólares en el sistema financiero y seguiremos con distorsiones, mucho menores, pero distorsiones al fin. Ojalá corrijan pronto este error.

Finalmente, la inflación y devaluación en el futuro no dependen de si tenemos un tipo de cambio oficial fijo o variable, sino de otros factores como la emisión monetaria y el déficit fiscal. Las medidas que se vayan a tomar en estas áreas para preservar la estabilidad monetaria son muy importantes y definitivamente hay mucho por hacer, pero arreglar el tipo de cambio oficial para que refleje la realidad es una medida imprescindible en la dirección correcta.

Santa Cruz de la Sierra, 05/07/26

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