Javier Paz García
El Homo sapiens, la especie a la que pertenecemos, existe en la Tierra desde hace alrededor de 300.000 años. El 99,9 % de ese tiempo, el 99,9 % de los humanos tuvieron que trabajar desde que nacían hasta que morían para sobrevivir. Durante la gran mayoría de nuestra vida evolutiva, hemos vivido bajo la ley de la selva, al igual que cualquier otro animal. La revolución agrícola, que sucedió hace aproximadamente 12.000 años, hizo que pasáramos de nómadas a sedentarios; aun así, había que trabajar desde niños hasta morir, todos los días, en jornadas de 12 o más horas. La revolución industrial, que se inició a mediados del siglo XVIII, elevó la productividad de manera exponencial y permitió que apareciera en la sociedad una clase media robusta y próspera. Muchas naciones adoptaron políticas liberales de respeto a los derechos humanos —entre ellos la libertad de expresión y la propiedad privada— y pusieron límites a los poderes del Estado. Esto, sumado al avance tecnológico, generó una explosión de la productividad y de la riqueza. Hoy, incluso los pobres tienen acceso a medicinas, información, comodidades y medios de transporte que ni los reyes tenían hace apenas 200 años. Desde que nacimos como especie hasta hace unos 100 años, la esperanza de vida rondaba los 35 años; hoy, el promedio mundial supera los 70 y en Europa se acerca a los 80. Hoy estamos mejor que nunca, y Europa es uno de los continentes con mejores indicadores de desarrollo humano y bienestar.
Hoy, un recién nacido es heredero de una riqueza a la cual no ha contribuido en lo absoluto, pero que lo beneficia inmensamente, como el conocimiento de los antibióticos, la producción mecanizada o la infraestructura construida. Todos los humanos que hoy habitamos esta Tierra somos herederos del conocimiento y el capital acumulado por las generaciones anteriores, y todos nos hemos beneficiado en algún grado de ello. Ciertamente, en Europa un niño no tiene que trabajar desde los 8 años para conseguir su alimento, pero llega un momento en que un ser humano debe trabajar para sobrevivir. La sociedad nunca le debió nada y no le debe nada; si quiere llevar pan a su boca, debe buscárselo por su cuenta. Sin embargo, no todos lo entienden así.
Una parte importante de la sociedad europea cree que el Estado, la sociedad o el mundo les deben algo; que deben mantenerlos, darles de comer, beber, vestirlos y proporcionarles una casa con calefacción y aire acondicionado. Creen que el Estado tiene la obligación de otorgarles salud, educación, dinero, seguridad laboral y una pensión vitalicia. Consideran que es una explotación trabajar 8 horas al día, 5 días a la semana, y tener que ir a la oficina; prefieren trabajar 4, 3 o, mejor aún, 2 días a la semana desde casa y un máximo de 4 horas, bajo el argumento de que así son más productivos, que eso es un derecho humano y que las empresas están obligadas a respetárselo. Estos días, por ejemplo, Francia ha tenido manifestaciones violentas en las que los protestantes reclaman que «no queremos pasarnos la vida ganándonos la vida». El problema es que las papas no se siembran solas y, si los europeos no quieren trabajar, no habrá papas fritas en su mesa.
Europa atraviesa serios problemas estructurales: sistemas de pensiones que funcionan como esquemas Ponzi auspiciados por el Estado y que ya empiezan a mostrar fallas; sistemas burocráticos y de permisos que desincentivan la inversión; leyes laborales demasiado costosas frente al sudeste asiático, región que amenaza con barrerla en materia de manufactura; y Estados de bienestar onerosos con gobiernos adictos al endeudamiento y al gasto excesivo.
Todos estos son retos difíciles, pero el mayor de todos parece ser el ideológico. Gran parte de los países europeos tienen los Estados de bienestar más ampulosos de la historia contemporánea, lo que, en mi opinión, genera un ciclo de dependencia y un falso sentido de derecho adquirido en la población. Hoy, muchos europeos no están agradecidos porque el Estado les da educación y salud gratuitas, sino que se sienten indignado y reclaman por qué no les da aún más. Además, uno de los inconvenientes de estos sistemas es que desincentivan el esfuerzo necesario para sostenerlos. Si predomina esta mentalidad, a los gobiernos se les hace políticamente difícil —casi imposible— recortar beneficios para lograr la sostenibilidad fiscal, como lo demuestran las recientes protestas en Francia. Si la sociedad europea cree que el mundo les debe algo y que no trabajar y ser mantenidos por el Estado es un derecho, Europa entrará en declive.
Santa Cruz de la Sierra, 01/11/26
http://javierpaz01.blogspot.com/
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