martes, 16 de junio de 2026

El ubicuo sesgo ultraizquierdista

 Javier Paz García

Hace unos días le pregunté a un colombiano qué opinaba de los dos candidatos a la presidencia de su país. Me dijo que los dos candidatos eran de extremos, uno de extrema izquierda y otro de extrema derecha. Cuando indagué sobre las propuestas del candidato de “extrema derecha” me indicó que abogaba por que el Estado retome la seguridad y la lucha contra las guerrillas, que promueva la paz y el orden, y que permita a los ciudadanos trabajar. Le pregunté qué había de extremista en esas posturas y luego de pensarlo unos segundos me dijo que la verdad que nada. En la conversación posterior coincidimos en que la prensa y la opinión pública bombardea con ciertas etiquetas a quienes promueven ideas como el Estado de Derecho, las libertades individuales y la propiedad privada. Los epítetos de extrema derecha, ultraderecha, ultraliberal, etc. son frecuentes en los medios de prensa y redes sociales en un grado mucho mayor del que uno observa para candidatos catalogados de izquierda. Por ejemplo, veamos esta noticia, publicada el 31 de mayo en El Deber, un medio que difícilmente puede ser catalogado de izquierda, “El candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, y el izquierdista Iván Cepeda, del Pacto Histórico, diputarán en segunda vuelta la Presidencia de Colombia…” Según la nota, de la Espriella es de “ultraderecha” mientras que Cepeda es solo de izquierda. Podemos encontrar literalmente miles de casos similares a lo largo de todo el continente para referirse a candidatos como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, por citar algunos ejemplos, donde ellos son catalogados como adoleciendo alguna forma de extremismo, mientras que sus contrincantes no, de hecho, este no es solo un fenómeno latinoamericano, sino mundial. Y con frecuencia, cuando uno va más allá de las etiquetas e indaga en las propuestas, lo de extremista desaparece para el de la derecha y parece incluso más adecuado para el de izquierda, pero el periodismo actual adolece de análisis profundos y serios y en muchos casos se queda en el titular y el epíteto. Esto evidencia los sesgos y la falta de una mayor rigurosidad en el periodismo, como también, la penetración de las ideas antiliberales en el continente y en el mundo. 

Honestamente creo que muchos periodistas, no son siquiera conscientes de sus sesgos y repiten las etiquetas que escucharon de otros como le sucedió a mi amigo colombiano, y es que estamos inundados de lo que propiamente podemos catalogar como propaganda y lavado de cerebro. El problema es más profundo y no se limita al periodismo, por ejemplo, hace poco estuve en el museo de arte de São Paulo y en sus tres exhibiciones temporales había lo siguiente: 1) fotos de protestantes de izquierda en Chile, 2) La Chola Poblete, una "artista" argentina cuya temática era maldecir al capitalismo, y 3) Santiago Yahuarcani, quien pinta la explotación de los indios y la destrucción de la madre naturaleza en manos de los malvados blancos. La calidad estética de las exhibiciones no me pareció buena, pero ni soy la persona adecuada para juzgar tales cosas, ni es el propósito de esta nota discurrir sobre los méritos estéticos del arte contemporáneo, sino la permeación de las ideas antiliberales en el arte, las ciencias, la educación, el periodismo, etc. Cuando los niños de São Paulo son llevados al museo y lo que el museo tiene para mostrarles es casi exclusivamente una crítica del capitalismo, están recibiendo un lavado de cerebro, que continua en la escuela y sigue en la universidad, en redes sociales y medios de prensa. La propaganda antiliberal es ubicua, como el oxígeno, por eso muchos ni si quiera se dan cuenta cuan omnipresente está. Revertir este lavado de cerebro y profundizar en el debate de ideas es fundamental para reencauzar el rumbo de nuestras sociedades.    

Santa Cruz de la Sierra, 16/06/26

http://javierpaz01.blogspot.com/

domingo, 14 de junio de 2026

La fatal displicencia

Javier Paz García

A principios del siglo XX, Antonio Gramsci, uno de los más destacados intelectuales comunistas, decía que el verdadero poder no estaba en la fuerza, sino en las ideas. Es decir, los valores y creencias de una sociedad son los que determinan la forma de gobierno y quienes gobiernan. Por ejemplo, en la edad media, la legitimidad de las monarquías en Europa se basaba en la creencia de que los reyes eran puestos por el mismo Dios, por supuesto esta creencia era fomentada por los reyes y la Iglesia Católica. 

A principios del siglo XXI, el intelectual chileno Axel Kaiser publicó el libro La Fatal Ignorancia: la anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista. El libro tiene una tesis en esencia gramsciana: Chile desde Pinochet sentó las bases para una economía liberal que permitió el llamado milagro económico chileno. Esto generó una reducción significativa de la pobreza y la generación de mucha riqueza. Sin embargo, en el plano de las ideas, los liberales y los beneficiarios de una economía liberal, cedieron terreno a quienes promovían una sociedad colectivista y un estado antiliberal. Fruto de ello, los gobernantes y las políticas públicas en Chile, habían girado hacia más poder y discrecionalidad para el Estado, y menos libertad para los ciudadanos.  

El título La Fatal Ignorancia de Kaiser es un guiño al premio Nobel de economía y brillante exponente de la escuela austriaca, Friedrich A. Hayek, quien al final de su vida escribió La Fatal Arrogancia, donde hacía una crítica de quienes pensaban que es posible dirigir una economía planificada mejor de lo que puede hacerlo el libre mercado. Hayek también escribió Camino a la Servidumbre, luego de la II guerra mundial, advirtiendo de los riesgos de seguir el camino de planificación centralizada de la Unión Soviética que tanta admiración causaba y que, como indica el título, este era el camino a perder las libertades civiles y políticas de los individuos en la sociedad, el camino a la servidumbre. En un ejemplo de cómo las ideas importan, en 1945, Antony Fisher, un empresario inglés, leyó el libro de Hayek, quedó conmovido y lo buscó para entrar en política. Hayek lo disuadió de tal idea con un argumento gramsciano: le dijo que los políticos no son generadores de opinión, sino seguidores de opinión; los políticos hacen lo que la mayoría quiere, porque su objetivo es ganar elecciones y le sugirió más bien fundar un centro de pensamiento que trabaje en influenciar a la opinión pública. Fisher fundó el Institute of Economic Affairs, para promover las ideas de la libertad. Posteriormente Margaret Thatcher se nutrió de las ideas de este centro y como ella mismo dijo el IEA “creó el clima de opinión que hizo nuestra victoria posible”. Thatcher fue una lectora y seguidora de Hayek, quien puso en práctica muchas de sus ideas. Lo mismo se puede decir de la importancia de la Heritage Foundation en Estados Unidos para que Ronald Reagan llegue a la presidencia y pueda hacer las reformas que hizo. 

Las ideas importan, la batalla de las ideas importa y como muestra el ejemplo de Hayek, Fisher y Thatcher, la sociedad y los gobiernos que tengamos en 20 a 30 años, dependen de las ideas que sembremos hoy. Cómo corolario, lo que vivimos hoy es producto de lo que sembramos (o dejamos de sembrar hace 20 o 30 años). No trabajar e invertir en las ideas que conducen a la prosperidad y la libertad de los seres humanos es una fatal displicencia.

Santa Cruz de la Sierra, 14/06/26

http://javierpaz01.blogspot.com/