Javier Paz García
Hace unos días le pregunté a un colombiano qué opinaba de los dos candidatos a la presidencia de su país. Me dijo que los dos candidatos eran de extremos, uno de extrema izquierda y otro de extrema derecha. Cuando indagué sobre las propuestas del candidato de “extrema derecha” me indicó que abogaba por que el Estado retome la seguridad y la lucha contra las guerrillas, que promueva la paz y el orden, y que permita a los ciudadanos trabajar. Le pregunté qué había de extremista en esas posturas y luego de pensarlo unos segundos me dijo que la verdad que nada. En la conversación posterior coincidimos en que la prensa y la opinión pública bombardea con ciertas etiquetas a quienes promueven ideas como el Estado de Derecho, las libertades individuales y la propiedad privada. Los epítetos de extrema derecha, ultraderecha, ultraliberal, etc. son frecuentes en los medios de prensa y redes sociales en un grado mucho mayor del que uno observa para candidatos catalogados de izquierda. Por ejemplo, veamos esta noticia, publicada el 31 de mayo en El Deber, un medio que difícilmente puede ser catalogado de izquierda, “El candidato de ultraderecha Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, y el izquierdista Iván Cepeda, del Pacto Histórico, diputarán en segunda vuelta la Presidencia de Colombia…” Según la nota, de la Espriella es de “ultraderecha” mientras que Cepeda es solo de izquierda. Podemos encontrar literalmente miles de casos similares a lo largo de todo el continente para referirse a candidatos como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, por citar algunos ejemplos, donde ellos son catalogados como adoleciendo alguna forma de extremismo, mientras que sus contrincantes no, de hecho, este no es solo un fenómeno latinoamericano, sino mundial. Y con frecuencia, cuando uno va más allá de las etiquetas e indaga en las propuestas, lo de extremista desaparece para el de la derecha y parece incluso más adecuado para el de izquierda, pero el periodismo actual adolece de análisis profundos y serios y en muchos casos se queda en el titular y el epíteto. Esto evidencia los sesgos y la falta de una mayor rigurosidad en el periodismo, como también, la penetración de las ideas antiliberales en el continente y en el mundo.
Honestamente creo que muchos periodistas, no son siquiera conscientes de sus sesgos y repiten las etiquetas que escucharon de otros como le sucedió a mi amigo colombiano, y es que estamos inundados de lo que propiamente podemos catalogar como propaganda y lavado de cerebro. El problema es más profundo y no se limita al periodismo, por ejemplo, hace poco estuve en el museo de arte de São Paulo y en sus tres exhibiciones temporales había lo siguiente: 1) fotos de protestantes de izquierda en Chile, 2) La Chola Poblete, una "artista" argentina cuya temática era maldecir al capitalismo, y 3) Santiago Yahuarcani, quien pinta la explotación de los indios y la destrucción de la madre naturaleza en manos de los malvados blancos. La calidad estética de las exhibiciones no me pareció buena, pero ni soy la persona adecuada para juzgar tales cosas, ni es el propósito de esta nota discurrir sobre los méritos estéticos del arte contemporáneo, sino la permeación de las ideas antiliberales en el arte, las ciencias, la educación, el periodismo, etc. Cuando los niños de São Paulo son llevados al museo y lo que el museo tiene para mostrarles es casi exclusivamente una crítica del capitalismo, están recibiendo un lavado de cerebro, que continua en la escuela y sigue en la universidad, en redes sociales y medios de prensa. La propaganda antiliberal es ubicua, como el oxígeno, por eso muchos ni si quiera se dan cuenta cuan omnipresente está. Revertir este lavado de cerebro y profundizar en el debate de ideas es fundamental para reencauzar el rumbo de nuestras sociedades.
Santa Cruz de la Sierra, 16/06/26
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